Desde el Ayuntamiento hubo ayer alguna palabra de esperanza que evite el anunciado derribo del colegio San José. Los Maristas echaron ayer el cierre a las aulas donde durante 80 han impartido clase a miles de logroñeses. Están en su legítimo derecho, aunque su decisión de trasladar su centro escolar a la periferia no debería condenar necesariamente a la piqueta al venerable edificio de la calle Calvo Sotelo. La intención municipal, expresada por el portavoz Vicente Urquía, de agotar todas las posibilidades de supervivencia del inmueble debería animar a un debate donde se compatibilicen los intereses de los nuevos propietarios (que pretenden levantar viviendas en el actual solar) con la obligación de preservar la memoria histórica de la ciudad.