Un fontanero, que me muero
Aún tengo fresco en la memoria el recuerdo de la última, y única a Dios gracias, ocasión en que acudí con mi hija a Urgencias del extinto San Millán. Fue un visto y no visto. A la que llegué, me interesé por el pediatra de turno porque uno, en su ingenuidad, se consideraba con el derecho a que fuera especialista el que atendiese a mi pequeña bebé. Creo que la auxiliar que me atendió en la puerta no se descojonó por puro respeto. Pero ganas, por lo que reflejaba su cara, no le faltaron.
Enseguida llegó un propio con carita de aprendiz vestido de galeno. El chico, por lo visto, llegaba con la encomienda de echar un vistazo a la cría, un primer diagnóstico o así.
No dije ni esta boca es mía, y eso que soy de los que cuando hay que protestar, protesta. Y se le oye. El caso es que, sin decir palabra, cogí la puerta y adiós buenas tardes, que pensaba yo que esto era un hospital serio.
Poco después, y por aquello de las coincidencias, le narraba el sucedido al jefe de servicio de Pediatría del hospital. Por respeto a lo que fue una conversación privada, me reservo, no sin pena, sus comentarios. Pero sí recuerdo y descubro que me explicó algo así como un plan estratégico para que, como Dios y la ley mandan, las urgencias de los niños fueran atendidas por pediatras, de la misma forma que las fugas de agua las arreglan los fontaneros.
Conocía por terceros que en el San Pedro referencia del mundo mundial tampoco hay pediatra de urgencia en todos los turnos y confiaba en que aquel ilusionado -o iluso- jefe de servicio pusiera en marcha su plan. Pero a media tarde de ayer me entero de que el buen doctor sufrió una repentina flebitis de yugular y plantó en la mesa del jefe la dimisión. Con dos... Si cunde el ejemplo y todos los servicios del San Pedro que funcionan a medias ven dimitir a su jefe, de aquí a poco no van a tener a quién nombrar.