La mañana ha empezado con el sol, en Herce, para hora y media después llegar a la sede del PSOE en Logroño. Aldama preside. Su despacho se ha convertido en un improvisado cuartel de mando. Inmaculada Ortega, Tomás Santos, Fran Rodríguez, Vicente Urquía, René Larumbe Nacho Pérez pone el humor cuando algunos sólo reparten legañas. La guardia pretoriana recuerda y valora los actos electorales del día previo: «Murillo, el mejor mitin»; «Autol, la vamos a sacar», «Alesón ». El 'general' los mira, atiende y pincha chinchetas rojas en un mapa imaginado. La sonrisa le crece y su énfasis resulta expansivo. Mientras los presentes apuran un café y los periódicos, él pide, casi exige, un último esfuerzo para llegar a la mayoría de los pueblos. «Vamos a tirar hasta el 30 de las listas porque no quedan más espadachines», insinúa Fran Rodríguez, secretario de organización. La idea flota en el aire y alarga un milímetro sus ojeras. La reunión se torna privada y el periodista sale a hacer pasillo.
Toca la presentación del programa socioeconómico y Aldama va a rendir visita a los tres sindicatos mayoritarios: USO, CCOO y UGT. Presenta sus propuestas y escucha. Lo hace atentamente. Toma notas. Carlos Ollero, secretario general de Comisiones, le pregunta repetidamente. Él recoge las ideas en un folio. Mientras Ollero habla, él le acota cifras y datos sobre empleo, suelo industrial...
El candidato toma la palabra y responde todas las cuestiones. Cuando cree que ha cerrado una, su rotulador negro la recuadra, como si de esta forma la solución propuesta neutralizase el problema. En UGT, otro café y pastitas en un recibimiento multitudinario. Casi treinta personas, entre secretarios y ejecutiva. Tomás Santos, sin previo aviso, aparece riendo entre el alborozo de sus ex compañeros sindicales.
A la salida, Aldama reparte recios apretones de mano (pueden llevar al interlocutor a traumatología) y sonrisas. Montado ya en el 'quicomóvil', un coche con su cara serigrafiada a gran tamaño y en todos los ángulos, una anciana se anima y llama a la ventanilla. El candidato pide parar el coche y, pese a la insistencia de sus colaboradores en que llega justo a una rueda de prensa, vuelve a escuchar y sonreír. «Les voto siempre, pero esta tarde voy a ir a sacarme el carnet a su sede porque no me quiero morir sin tenerlo», le espeta. Agradecido, Aldama le pide que pregunte por él en la sede socialista. «A ganar», escucha.
El coche por fin arranca y el de Herce disfruta de las palabras. Parece parte de su compromiso. Le espera la siempre ingrata prensa. No repasa los papeles, sino que se recrea en el aspecto del parque del Ebro y del sol mañanero. «No necesito estudiar ahora. Llevamos mucho tiempo trabajando en el programa y lo llevo forjado en la cabeza», sentencia golpeándose las sienes. Su mano derecha en campaña, Mariano Donamaría, antes de dejarle frente a los periodistas, retoca su chaqueta y comprueba el grado de inclinación de su corbata. Visto bueno.
En la rueda de prensa trata de economía. Gesticula más con la mano derecha, un tic de la socialdemocracia, aunque apuesta por la redistribución de la riqueza y por los impuestos. La prensa se marcha con dos titulares en el zurrón y Aldama, tras toda la mañana, por fin se puede quitar la chaqueta. De vuelta a su despacho su teléfono no deja de sonar, como en todos los minutos que no ha pasado reunido. «Lo tengo que recargar dos veces al día», confía casi avergonzado. Habla con alcaldes, candidatos y con Ferraz, pero este día le preocupa contactar con una amiga que ha perdido a su marido. Le da el pésame, aunque la rueda no puede parar.
Sin tiempo familiar
Sus dos hijos le miran expectantes desde un marco. «Sólo los veo por las mañanas o, si me voy antes de que se despierten, entro en la habitación y les doy mil besos», dice, y no es difícil imaginarlo. Se percibe que le duele no estar más con ellos, pero su proyecto le absorbe. «El otro día mi hijo de dos años cantaba en la guardería: 'Ra, ra, ra, Aldama ganará' y no sabe que yo soy Aldama, sólo que soy papá», explica al tiempo que recupera la sonrisa. Y el apetito. La comida también es de campaña. Unos huevos a la cazuela en media hora y vuelta al trabajo. «Normalmente comemos bocadillos y muchos días me tienen a cacahuetes», se queja.
Por la tarde le espera más despacho y dos mítines: Cenicero y Rincón. El 'quicomóvil' da para muchas confidencias, como el nacimiento de su vocación política, que le debe a medias a Felipe González y al cura de su pueblo. «Aunque en la escuela, hasta 4º, me tocó levantar el brazo para cantar el 'Cara al sol'», asegura sin vergüenza.
Luego la política en Zaragoza («éramos cuatro socialistas y los comunistas, mayoría, nos llamaban poco rojos», ríe), la empresa privada y la entrada en 2000 a la cúpula del PSOE. «Se lo pregunté a mi mujer y si no me hubiese dejado ahora no estaría aquí. Es duro porque hemos pasado de estar siempre juntos a vernos muy poco, así que le debo casi todo», reconoce. Pero la nostalgia se le termina en la cuesta de Zanussi. Mira el esqueleto inmóvil de la empresa: «No han hecho nada, lo han embrollado y se han puesto del lado de la empresa y no de los trabajadores», asegura. Vuelve el político.
Antes de llegar a Cenicero aún hay tiempo para frenar el 'quicomóvil' y bajarse a poner en pie una valla caída en la carretera. Saludos, abrazos, la chaqueta en su sitio y un mitin «por la mayoría absoluta». Son las 21.30 horas cuando casi un centenar de vecinos le aclaman en la localidad y aún queda el cierre del día en Rincón. El candidato abre la puerta de su casa rozando la medianoche. Y a las siete vuelve a tocar diana. «Nada es tan difícil...»