Los partidos políticos deben proporcionar a los ciudadanos una mezcla de confianza en la gestión y de ilusión en el futuro y ello en un entorno de complejidad, de incertidumbre y de constante cambio. El sociólogo Zygmunt Bauman ha propuesto el término «sociedad líquida» para referirse a una sociedad en la que la transformación es la norma. No damos tiempo a que nuestras acciones y nuestros hábitos se estandaricen y se vuelvan rutinarios, ya que cambian antes de que puedan consolidarse. La novedad de hoy es vieja mañana. Vivir en una sociedad líquida supone haber perdido gran parte de los referentes que nos daban seguridad y certeza y, en el campo económico, se traduce en desregulación, flexibilización o liberalización de los mercados. El contexto 'líquido' también afecta a los partidos políticos y les obliga a plantear nuevas propuestas que se adapten al entorno cambiante.
En una sociedad cada vez mejor informada y a la que ha de suponérsele madurez intelectual, aspectos como la interculturalidad, el envejecimiento, el empleo del ocio, la absorción urbana de los servicios, la individualización de la propia sociedad, los desequilibrios territoriales (y su posible alternativa, la 'rururbanización'), la marginalidad social, la ambivalencia entre el cosmopolitismo y el regionalismo, el equilibrio entre desarrollo económico y conservación de la naturaleza, la reversión del modelo de consumidor al de ciudadano, la creación de procesos identitarios respetuosos con la diversidad, el impulso a la sociedad civil o la incertidumbre de vivir en una sociedad del riesgo son los retos a los que los partidos políticos, como depositarios de los deseos ciudadanos, deben enfrentarse para lograr, si no un sociedad perfecta, una sociedad mejor.