27 kilómetros de arquitectura
Proyecto para el futuro Archivo General de La Rioja, de la arquitecta Araceli Barrio
A primera vista, un archivo no es un asunto demasiado agradecido. Para lo arquitectónico, se entiende. Por definición, un archivo documental es un espacio grande, 'apilable', sin huecos y sin demasiadas complejidades volumétricas que dificulten el tránsito de lo allí guardado ni su recuperación. Un archivo, así, tiende a ser un cajón: una especie de hermética caja de zapatos.
El Archivo General de La Rioja es un candidato perfecto a ser un cajón así. Allí acaba todo lo que la ley dice que debe ser guardado; y eso es mucho, porque la Administración es la máquina perfecta de producir documentos.
Hasta el momento, el Gobierno de La Rioja guardaba su documentación en pabellones alquilados en el Reina Sofía. Era una solución temporal, hasta que se construyera un nuevo edificio dedicado especialmente a tal propósito. El terreno elegido no está demasiado lejos de esa localización provisional: un solar en un extremo de la Residencia de Albelda. Allí tenían que nacer espacios administrativos y un área de recepción al público que quiera consultar los fondos del Archivo.
Y, por supuesto, archivo. Haciendo un cálculo aproximado del ritmo de acumulación de documentos en la última década, se ha calculado que, para servir durante los próximos 25 años, el archivo debería tener capacidad para unos 27 kilómetros lineales de documentos.
Representativo
La primera intención del Gobierno de La Rioja era hacer «poco más que un pabellón industrial», explica la arquitecta encargada del proyecto, Araceli Barrio. Sin embargo, pronto quedó claro que el archivo, por muy almacén que fuera, tenía otra dimensión. «No deja de ser un edificio público, y hasta cierto punto simbólico», explica Barrio. «Queríamos hacer algo acorde con ese punto de vista representativo».
Una de las primeras decisiones fue la separación de espacios. Por un lado el gran volumen del archivo, por otro (aunque unido por un pasadizo) el cuerpo administrativo y el espacio de recepción.
Esa separación marca dos maneras de proyectar también muy distintas. El edificio del archivo es un gran volumen ciego, creado a base de repetir un módulo de 9x9 metros. Un edificio modular, pues, que intenta hacer muy sencillas las casi inevitables ampliaciones futuras. Esa modularización se ve en el exterior: el gran volumen ciego adquiere así eso que los arquitectos llaman «ritmo y vibración», un manera de jugar visualmente con esos grandes paños.
El cuerpo administrativo es diametralmente opuesto. Primero, por la escala, porque todo se resuelve en una más humana planta baja y con grandes paños de vidrio. El edificio adquiere además un elemento representativo con un vuelo inclinado en la cubierta sobre el vestíbulo de acceso, en el que se interrumpe el ritmo de las superficie acristaladas del resto de la fachada.