Jueves, 12 de abril de 2007
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La tumba de César Borgia
Viana busca un enterramiento definitivo para el ilustre personaje, cuyos restos fueron sacados fuera de la iglesia de Santa María, según la leyenda, por la venganza de un obispo de Calahorra
Cinco siglos han trascurrido desde que César Borgia, uno de los más ilustres y controvertidos personajes del Renacimiento europeo, dejara su vida en los campos de Viana. Son variadas las actividades que la villa navarra ha organizado en honor del Borja de origen valenciano, desde exposiciones diversas, conferencias y conciertos hasta representaciones de teatro u oficios religiosos. Pero mientras se recuerda la memoria de quien fuera hijo del Pontífice Alejandro VI, sigue abierta la polémica sobre dónde deben descansar sus restos, actualmente inhumados en los alrededores de Santa María de Viana.
La tumba de César Borgia
Templo de Santa María de Viana. / A.I.
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La Diócesis de Calahorra no fue ajena a tan accidentada aventura. Leyenda e historia, historia y leyenda, siempre unidas por un filo invisible, protagonizan en Viana una singular simbiosis. Huyendo de Fernando El Católico, que había ordenado recluirlo en el castillo vallisoletano de La Mota, César Borgia buscó refugio en la corte de su cuñado, el rey navarro Juan III de Albret -o Labrit, como el frontón de Pamplona-, que lo nombró generalísimo de los ejércitos del pequeño reino peninsular.

Junto a él combatió en la guerra civil que libraban agramonteses y beamonteses. Y fue sitiando el castillo vianés donde conoció la muerte. Contaba el historiador Madrazo, a finales del siglo XIX, que la altanería del Borgia le obligó a enfrentarse con un grupo nutrido grupo enemigos en la Barranca Salada, sin escudero alguno. Una lanza traidora le atravesó el pecho. Vencedor del conde de Lerín, cabecilla beamontés, Juan de Albret enterró a su cuñado César Borgia en el presbiterio del templo vianés de Santa María. Apunta madrazo que que el sepulcro, de estilo gótico tardío, fue obra de los maestros Andrés y Nicolás, que pocos años antes habían tallado la preciosa sillería del coro de Santa María la Real de Nájera. Nada queda del sepulcro, que fue destruido. Gracias al obispo de Mondoñedo, Antonio de Guevara, que visitó la villa próxima a Logroño en 1523, la solemne cita han llegado a nuestros días.

El historiador vianés y colaborador de Diario LA RIOJA Félix Cariñanos asegura que «se desconoce cuándo se destruyó la tumba y cuándo se sacaron los restos fuera de la iglesia y se sacaron los restos» y añade que «el sepulcro estaba en 1523, por lo que cuenta Guevara, y en el año 1608, según informa el escritor local, Juan de Amiax, ya había desaparecido». Juan de Amiax, autor del libro Ramillete de Nuestra Señora de Codés (1608) en el que incluye múltiples referencias a La Rioja.

Leyenda o no

La única verdad es que los restos de César Borgia fueron inhumados por segunda vez, pero esta vez en el exterior de Santa María. ¿Por qué? Cariñanos habla de una leyenda -de nuevo la leyenda- que señala a un obispo de Calahorra del siglo XVI como culpable.

Cuentan que el mandatario de la Diócesis riojana, bajo cuya tutela permaneció Viana hasta el año 1956, ordenó sacar los restos fuera del templo como venganza por la muerte de un antecesor suyo -Pedro de Aranda-, que murió en el castillo romano de Sant Angelo, encarcelado por el Papa Borgia Alejandro VI. Y añaden la tradición que su esqueleto fue sepultado a conciencia -mala conciencia, en este caso- bajo la calle Mayor para que «lo pisaran los buenos cristianos y las bestias».

Sea la historia verdad o no, hay que tener en cuenta que César Borgia había sido excomulgado en esa época y que se le consideraba como un personaje molesto para la Iglesia. Ya en 1885, a petición del arqueólogo francés Charles Iriarte, volvieron a desenterrarse los huesos de César Borgia. «Fue con alevosía y casi nocturnidad -explica Cariñanos- ya que el alcalde en funciones de Viana ordenó la excavación aprovechando las ausencias del primer edil y del juez». En realidad, lo que buscaban era la espada de Borgia, de la que se decía era de oro y brillantes. Nada hallaron. Pero el cisma fue tal que Pedro de Madrazo -autor de la obra Navarra y Logroño- se vio obligado a poner paz.

Más adelante -en plena II República-, surgió un movimiento intelectual que trató de rehabilitar la memoria de César y buscarle un enterramiento más digno. Entre ellos estaba Victoriano Juaristi, que realizó un sepulcro, colocado en Ayuntamiento en 1934. Apenas duró dos años. Acusado César Borgia de inspirar la «ideología comunista», la escultura fue destrozada. «Es un oprobio para la villa que un hombre tan malo esté en lugar tan principal», arguyeron los vencedores de la Guerra Civil.

En 1945 los restos fueron exhumados, y, tras un examen forense a cargo del médico vinculado a La Rioja Santos Becerra, enterrados en su actual tumba en el año 1953 y colocada una placa en su honor.

Hoy, la polémica sigue abierta. El arzobispado de Pamplona, que dirige Fernando Sebastián -quien fuera administrador apostólico de la Diócesis de Calahorra y La Calzada-Logroño en los años 2003 y 2004-, no tiene inconveniente en buscar otro enterramiento más digno, pero rechaza que sea dentro de la iglesia porque es una práctica no autorizada hoy día.

 
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