Se traba de una metodología lógica que se repetía inalterable con tanta exactitud que parecía ensayada. Lo primero era determinar la causa del apagón. Los plomos asumían el protagonismo. Los plomos se escondían en una cajita de porcelana blanca siempre cerca de la puerta del hogar. Si se había «fundido» un plomo, se reponía por otro de los que siempre se guardaban en una caja de cartón gris en la despensa. (Porque entonces, en las casas había hasta despensa). Pero casi nunca era cosa de los plomos y se pasaba al punto dos. Se preguntaba a la vecina si en su casa tampoco «había luz». Como solía ser que sí, o sea, que tampoco, tocaba asomarse a la ventana por ver si era cuestión exclusiva del edificio o si el corte afectaba a la vecindad. Tampoco estaba de más completar la comprobación empírica de la situación con una llamada telefónica al otro lado de la ciudad (sí, el teléfono analógico funciona sin suministro eléctrico): ¿Oye, tenéis luz?
Una vez enterada de que los únicos jodidos por la Electra (hoy, por Iberdrola) éramos los de nuestra calle, mi madre sacaba las velas del taquillón (tener velas en casa era imprescindible) y si no había suerte tocaba cenar entre el humo de la cera. Y ajo y agua, porque nadie daba explicaciones.
Ayer y anteayer «se fue la luz» en mi casa. Cuatro décadas después. Ni tenía velas, ni pude hacer en condiciones la comida ni Iberdrola me ha dado una explicación.