Durante una época se me ocurrió que podía ganar unos durillos -aún no había llegado el euro- en una de esas empresas que se dedican a las encuestas y ventas telefónicas. El poso de aquella experiencia ahora me obliga a responder con amabilidad cuando yo soy la receptora de las preguntas. No puedo evitarlo. Me consume pensar que quien está al otro lado del hilo telefónico pueda sentirse tan desgraciada como yo me sentí entonces. Ignorada, pesada, molesta y hasta inepta.
Lo dicho. Que cojo el teléfono e intento ser amable. Y así comienza todo. Una llamada me cuenta que debo aprovechar la oportunidad y cambiar de compañía telefónica. Les digo que me lo he planteado -mentira- por... el indigno fraude del aumento de precios. Craso error. La joven me explica -durante un buen rato- la irrechazable oferta de su empresa, competencia directa de la que yo soy cliente. ¿Cómo saben mi número?, le pregunto. Mutis.
A los dos días, vuelvo a contestar a otra llamada. Ahora es mi propia compañía la que me ofrece un descuento, un móvil nuevo y un sinfín de oportunidades si firmo un nuevo contrato. Les digo lo mismo: que me lo pensaré. De nuevo, craso error. Desde entonces, he registrado no menos de diez llamadas procedentes de todas las compañías habidas y por haber. Todas, sin excepción, ofrecen algo mejor que la anterior. Yo era feliz con mi caro contrato y con mi viejo y fiable móvil. Ahora todo son dudas. ¿Prefiero mejor cobertura o un terminal con 3G -a saber qué es eso, pero suena genial-?
Por eso, he decidido romper uno de mis principios y dejar de ser amable. O, al menos, dejar de contestar al teléfono. A ver si algún día se cansan.