Domingo, 8 de abril de 2007
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CULTURA

I MANUEL ALCÁNTARA I ARTICULISTA Y POETA
«Entiendo el artículo como un servicio diario, como el del panadero»
El 'decano de la columna diaria en España' se muestra en plena forma después de medio siglo en los periódicos
El viejo mago del articulismo ha escrito más de quince mil valses: compases alegres, médulas profundas. Recientemente, en un homenaje brindado por la Asociación de la Prensa de Madrid fue definido como 'el decano de la columna diaria en España'. La vida de Manuel Alcántara (Málaga, 1928), cabe en un cartucho de papel prensa: medio siglo sostenido sobre columnas. Apenas tenía los treinta al empezar; pronto cumplirá ochenta. La misma semana del homenaje, una muerte en la familia le hacía desistir durante unos días, por primera vez en varias décadas, de su cita cotidiana con el lector.
«Entiendo el artículo como un servicio diario, como el del panadero»
El escritor asegura que aspira a crear «estados de conciencia». /S.S.
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-¿Vislumbró entonces la retirada?

- No, nada de retirada. A mí me retira un infarto cerebral, pero ni siquiera que me corten las dos piernas. Y esto lo digo para demostrar que no escribo con los pies. Bueno, tampoco tengo el prurito de escribir hasta el último día. Yo siempre me he definido como un trabajador fatigable, absolutamente fatigable, pero lo que haces de alguna forma te constituye. Eso de soñar con no hacer nada -incluso a mí, que lo que más me gusta es no hacer nada- me dejaría en el vacío.

- ¿No se siente cansado?

- No, y además no puedo estarlo, no debo. El cansancio sería el prólogo del final. Pero eso del 'decano' es el resultado de la muerte dolorosa de queridísimos amigos, Carlos Luis Álvarez y Jaime Campmany. Cuando se mueren los amigos cercanos, alguien invisible te toca en el hombro para avisarte de que la cosa no está muy lejana. Por eso, la denominación de 'decano de la columna diaria' no tiene más mérito que el paso de los años. Yo preferiría que me dieran un homenaje por ser 'el más joven de la columna diaria'.

- La piel de sus columnas sigue llena de frescura. ¿Cuál es el secreto?

- A mí siempre me han reconocido no ser un conversador aburrido, y yo siempre he defendido que el artículo debe ser una conversación por escrito con el lector. El artículo participa de varios géneros, puede ser incluso un cuento -cosa que hace prodigiosamente Manuel Vicent, o Millás- pero no un pequeño ensayo, y mucho menos un sermón. Detesto a los predicadores y a los pesados.

La libertad

- ¿Qué es imprescindible en la despensa del articulista?

- En primer lugar, la libertad. Eso hay que subrayarlo. De ahí mi gratitud con Vocento. A mí jamás me han corregido una coma, y eso que no todas las pongo bien. Esa confianza es fundamental. Y partiendo de la libertad, el articulista no puede olvidar que el lector quizá esté en un lugar incómodo u oscuro, a lo mejor en el autobús camino del trabajo, y por eso el articulista debe tener una cierta amenidad, sin confundir ésta con frivolidad. Un articulista puede ser a la vez trascendente y escribir con ligereza; está obligado a una cierta reducción de léxico. Escoger términos para los que haya que ir al diccionario está al alcance de cualquier fortuna mental. Hay que renunciar a la precisión para escoger palabras que lleguen a todos, incluso a esos hinchas que tiran botellas en los estadios.

- Se diría que en el artículo encontró usted el género a su medida.

- Los cien metros, sí, esa es mi distancia. No es que me aburran las cosas más largas, pero nunca he intentado la novela o el teatro. Creo en la distancia corta. Decía Pío Baroja que no le gustaba ir a ningún sitio del que no pudiera volver andando. Pues eso. Los cien metros del artículo dan mi medida; no sé si yo doy la suya. Por otra parte, no creo mucho en manosear el texto, ni en que éste mejore si se manosea mucho, aunque es distinto escribir a diario que tener una colaboración a la semana. Además, yo mando el artículo a las seis de la tarde y no me gusta escribir por la mañana; aunque realmente a mí me gusta hacer muy pocas cosas por la mañana. Tal vez eso propicie algo de lo que me acusan a menudo: las ocurrencias. En fin, ¿ojalá siga teniéndolas mucho tiempo!

- Su afinidad por este género de ejecución rápida y gratificación inmediata, ¿está relacionada con su desdén por la posteridad?

- Sí, creo que es así. A veces la gente te dice «te has dejado la vida en los periódicos», pero, claro, en algún lugar había que dejársela. Yo tengo un entendimiento artesano de lo mío. Marcel Proust se inscribió una vez en un hotel como 'artesano en su hogar'. Y a mí no me importa entender el artículo como un servicio diario, como el del panadero, que por cierto tienen los mismos días de vacaciones al año que los periodistas. No me importa la trascendencia. Todo va para el olvido; y a mí no me importa llegar pronto ahí. Hombre, a todo el mundo le gusta esa cosa incierta de la Gloria con mayúscula. Quizá he escrito poemas con la vanidosísima intención de que alguien los lea cuando yo no esté; pero el artículo muere. Yo creo que la inmortalidad debe disfrutarse en vida. Es triste que te reconozcan que lo hacías bien sólo después de muerto.

- Mirando atrás, se ve que no duda de su literatura poética, pero quizá sí del valor literario de los artículos.

- Bueno, es que realmente la muerte diaria del artículo es grave. Alguna vez, aunque yo nunca me siento del todo satisfecho, ni siquiera relativamente satisfecho, sí puedo pensar que un artículo no me ha quedado mal; pero es que el artículo sólo dura un rato, un día. Ese es su destino natural, al menos para la gente de mi generación, los últimos de la Galaxia Gutenberg.

Gran generación

- Pero, más allá de esa fugacidad, de Larra a César González-Ruano hay un reconocimiento literario del articulismo.

- Sí, claro. A César le molestaba que le dijesen que era un escritor de periódicos; él respondía: «Soy un escritor en periódicos». El creía profundamente en la literatura. Era una generación enorme de articulistas: Eugenio Montes, Pemán, Foxá...

- ¿Cree que la literatura ha ido a menos en el articulismo español?

No, ahora hay otra generación formidable. No quisiera nombrarlos, por el riesgo de dejarme atrás alguno, pero leo a media docena de articulistas que me parecen de primera calidad. Algunos, no todos, quizá algo trabados por un empacho de política. Desde luego ésta es fundamental en la vida, pero no es todo en la vida. Se puede hablar de una muchacha reciente, pero no sólo de la política obsesivamente. Abres algunos periódicos y las siete primeras páginas son dicterios entrecruzados entre los líderes. Y eso me parece lo primero que nunca debería ser un periódico: aburrido.

- Usted ha escrito en dos tiempos, 17 años en el franquismo, 32 desde entonces. ¿El cambio político cambió el articulismo?

- Desde luego, fue determinante. Entonces uno no podía entrar en ciertas consideraciones, para empezar porque no salía el artículo hasta la llegada, en el argot de entonces, de 'el motorista de la censura'. El artículo no se imprimía hasta que él trajese las galeradas con el sello de autorización. Esta censura previa es lo que más determinaba el contenido de los periódicos y propicia toda una generación de maestros en el arte de escribir entre líneas, de insinuar.

 
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