Sin embargo, a mí, el asunto no me ha sorprendido. Quizá porque conozco a muchos especímenes como el ucraniano. Y son de La Rioja. Señores (y señoras, que aquí funciona bien la paridad) con los que nos cruzamos en los parques públicos o en la cafetería de la esquina. Hagan la prueba: vayan un día a Prado Viejo y quédense a ver un partido de infantiles o de juveniles. Y no se fijen en el campo: los chavales juegan al fútbol, con mejor o peor traza, y se divierten. En cambio, reparen en los padres y no les quiten ojo. Casi todos, desde luego, disfrutan o penan viendo a sus hijos, aplauden con cariño y no se meten con nadie. Pero siempre se cuelan algunos cafres: gentuza que amenaza al árbitro como si la vida entera les fuera en ese resultado; o padres babeantes que piensan mi-hijo-es-el-mejor-y-el-entrenador-un-imbécil-que-no-lo-pone-de-titular y que dedican la jornada a sembrar discordia; o futbolistas frustrados que devoran el Marca, creen que su chaval es el Ronaldinho que les va a sacar de pobres, y le abroncan con saña si falla dos o tres goles cantados.
Si me están leyendo y se reconocen en estas líneas, les quiero imponer una penitencia: vean otra vez por la televisión las imágenes del padre de la nadadora y piensen que ustedes son como él. Si todavía les queda algo de vergüenza, dejarán en paz a sus hijos, a los técnicos, a los colegiados y al público en general. Aunque su niño pierda siempre, no meta un maldito gol y la culpa sea (cómo no) de los demás: del árbitro, del entrenador, de sus compañeros, de los rivales...