Pero a lo que iba. Ayer, cuando fui a buscar mi coche al aparcamiento de la calle Antonio Sagastuy -¿quién era ese buen señor, por cierto?- me lo encontré hecho unos zorros. Tengo un Megane Coupé gris con unos añitos, pero que mola: me lo compré en cuanto en esta casa tuvieron a bien hacerme proposiciones serias. Un primer sueldo invertido en un coche chulo es algo bien masculino, no me lo negarán.
Mi amorcito metalizado no suele dormir al raso, pero ayer lo hizo por culpa de un lío de mandos de garaje que no viene al caso. El resultado, al final, es el que les cuento: un faro descuajeringado, cristalitos por el suelo, unas cuantas rayas en la chapa. Y, por supuesto, cero notas en el parabrisas.
Esta columna es para usted, perpetrador de tamaño atentado a esa carrocería de mi corazón: es usted un sinvergüenza. Supongo que, en ese momento de zozobra tras el «clonc» pensaría usted en lo que pensamos todos. O sea, en que a quién se le ocurre dejar el coche ahí, en que menuda prisa tengo, en que si la abuela fuma. Se le pasaría por la cabeza, espero, actuar como un ciudadano cabal, dejar un recadito, identificarse, etcétera. Al menos un segundo.
No más, claro. Luego recordaría ese sistema canalla de bonificaciones que usan las aseguradoras, cuyo único objetivo es convencer a la gente de que haga lo que usted hizo: darse el piro, huir. Y se abrió.
Así vamos, país. Ponemos el grito en el cielo entre manifas, De Juanas, cristos extremeños, teorías de la conspiración y piratas del ladrillo. Pero luego, cuando hay que retratarse como un ciudadano, nos damos mus. Como cobardes. palvarez@diariolarioja.com