Cuando Lardero tenga sus 18 hoyos reglamentarios, me levantaré un día y me echaré al hombro una bolsa de palos. Una vez en La Grajera, cogeré el driver de madera y pegaré a la bola con todas mis fuerzas viéndola describir un armonioso arco sobre el cielo. Sin prisa, con ese mismo misticismo con que el protagonista de 'El Nadador' vadea una piscina, salta los setos y se dirige a la de su vecino, caminaré hasta Lardero.
Aunque la pelota esté en el green renunciaré al par. Volveré a concentrar mi energía en golpearla para que atraviese el terreno acotado y viaje hasta Sojuela. Luego alquilaré uno de esos simpáticos cochecitos sin puertas que llevan de búnker a búnker (o lo compraré, qué hostias) y en mi siguiente parada sacaré fuerzas de flaqueza para mandar la bola hasta Cirueña. Ni el humo de los coches ni el claxon de los camiones me impedirá atravesar la carretera con mi boogie y continuar.
Da igual que empiece a sentir calambres en el brazo. Lanzaré otra vez la bola hasta Haro, que para entonces también tendrá su propio campo. Un pequeño esfuerzo. Otro empujón. De un nuevo bastonazo podré llegar a Ezcaray. El aire serrano me alentará a acariciar una vez allí el mango del palo. Poniendo las piernas en el ángulo exacto, con el viento a favor y la técnica precisa, daré el golpe de mi vida. Una fabulosa parábola que llevará a la pelotita de punta a punta hasta Calahorra. Entonces, a pecho descubierto como se presentaba Burt Lancaster, rogaré al primer constructor con el que me cruce que, por favor, proyecte para mí otro campo de golf. Uno más.