Tres años después de que Madrid fuera epicentro del atentado más salvaje jamás sufrido por Europa, pocos parecen tener presentes a las casi doscientas personas que ese aciago 11 de marzo del 2004 perdieron sus vidas. Más que recordar a las víctimas, la masacre parece evocar intrincadas teorías conspirativas que ni el mismísimo Dan Brown sería capaz de urdir, por no mencionar la perplejidad que causa la interpretación -manipulación, sin ambages- que ciertos medios informativos propalan, día sí día también, a la sombra del proceso judicial sobre el 11-M.
Casi una década después, embriagados de amargura y desencanto, todavía flota en la nostálgica memoria colectiva ese disparo en la nuca de Miguel Ángel Blanco. Millones de españoles estamparon las calles de manos blancas, sencillamente porque estaban hastiados de soportar tanta intolerancia, tanta barbarie. No hizo falta que nadie les empujara. Ni autobuses, ni pancartas, ni banderas... Ni urnas en lontananza.
Hoy, el lazo azul volverá a lucir en las solapas de quienes ven en el traslado del criminal De Juana al Hospital Donostia la humillación del Estado de Derecho ante el terrorismo de ETA. Ese mismo lazo azul que nació al amor de la rebeldía ciudadana frente al secuestro de Julio Iglesias Zamora. Hace ya de ello tantos, tantos años...
Y es que el craso error del Gobierno Zapatero en el 'dislate De Juana' no puede ser coartada ni de nada ni de nadie.
Mañana, bajo la pandemia de la fragmentación, los españoles honrarán a los asesinados en Atocha, en Santa Eugenia, en el Pozo del Tío Raimundo. Víctimas todas ellas de la sinrazón islamista, si bien trágicamente repartidas en bandos por ahora irreconciliables.