Viernes, 9 de marzo de 2007
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«Soy realista, pero confío en que mi hija reciba el cuarto trasplante y esta vez sí funcione»
«Intentamos hacer la vida lo más normal posible y no perdemos la esperanza, pero nunca sabes si va a llegar el trasplante y, si llega, nuestra inquietud es si va a funcionar». Así habla Lucía, madre de Cristina y Esther, ambas enfermas hepáticas, pero con procesos muy distintos. Mientras Cristina (25 años) recibió el riñón hace dos años «y todo ha ido fenomenal», Esther (31 años) ha tenido tres transplantes (el primero a los 14 años) y está a la espera de un cuarto que la libere de las tres sesiones semanales de hemodiálisis en el San Pedro. «Son tres horas y media muy duras y, a veces, termina fatal», lamenta su madre, quien reconoce que su hija mayor es «la que se ha visto más condicionada por esta patología, ya que es auxiliar de enfermería y no puede ajustarse a los turnos de trabajo porque depende de la hemodiálisis».
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Con todo, Lucía es un ejemplo de tenacidad. «Lo último que hay que hacer es perder la esperanza y, aunque soy realista y sé lo que tengo en casa, estoy esperanzada en que llegue el trasplante y esta vez, sí, funcione».

 
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