Demandamos una reflexión menos convencional y más profunda sobre la violencia de género. No podemos aceptar las propuestas descafeinadas en las que se diluye bajo el esquema de «violencia en la pareja», simulando que vivimos en igualdad. El maltrato vejatorio hacia la mujer es un problema estructural y la violencia doméstica no es sino la punta del iceberg. Con violencia de género queremos referirnos a un abuso que ejerce aquel que cuenta con una posición de poder privilegiada. Los comentarios de picaresca decimonónica tipo «en el fondo es la mujer la que manda en casa», nos ofenden profundamente, ya que elegir la corbata del marido es una frivolidad más del rol opresivo del que queremos liberarnos. Del mismo modo reaccionaremos cuando intentan situar la opresión de la mujer en el ámbito musulmán, ya que el contexto católico se ha fundado sobre principios igualmente machistas. No vamos a cambiar la bandera del feminismo por la del racismo. La solución pasa por la urgencia de una política del amor que denuncie el uso malicioso de este concepto y lo reformule. No hay que esperar a que el patriarcado castigue al hombre maltratador, sino que es la mujer la que tiene que conquistar su dignidad reorientando sus deseos y desprendiéndose de los patrones de seducción. Necesitamos salir del esquema de la propiedad privada para dignificar a los miembros de cualquier comunidad de afectos.