Martes, 6 de marzo de 2007
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OPINIÓN

LA TRIBUNA DE LA RIOJA
El orientador escolar, factor clave
Los padres de un niño, de nueve años recién cumplidos, solicitaron ayuda al Orientador del colegio porque su hijo se les enfrentaba continuamente y no tenía motivación hacia las tareas escolares. «Mi padre me conoce, sabe como soy y que yo consigo siempre, o casi siempre, lo que quiero». Esto decía el hijo en el despacho de Orientación.

El mismo día, un alumno de once años, de otro colegio, refiriéndose al jefe de estudios decía: «¿Quién se ha creído que es para castigarme sin recreo?».

Estos no son hechos aislados. Cada vez les resulta más complicado a los niños y adolescentes asumir la autoridad de los padres. Esto les lleva a otra dificultad, no latente, sino patente: no entender, o, lo que es peor, no querer asumir el propio concepto de autoridad. Algo que es necesario para vivir con armonía en sociedad. Los alumnos, frecuentemente, confunden la igualdad de todas las personas ante la ley con la ausencia de jerarquía. Tienden a ver y a tratar a los adultos como si fueran iguales a ellos.

El problema se acentúa cuando el adulto no sabe, o se siente incapaz, de inculcar a sus hijos el respeto y el cumplimiento de las normas elementales de la convivencia. Resulta significativo el número de padres que se encuentra muy desorientado al respecto. Nos referimos a los padres que no son conscientes de que, la primera autoridad que un niño debe reconocer en la primera infancia, es la autoridad paterna y la autoridad materna. Si un niño no respeta a los padres y hace su santa voluntad, ¿respetará a los profesores? ¿Y a sus compañeros? ¿Asumirá las normas de convivencia del centro educativo? En definitiva, la tendencia de estos niños será continuar en el colegio el modelo, sin límites y sin autoridad, aprendido en el seno de la familia.

Afortunadamente, la paz reina en la mayoría de las aulas y de los hogares. Pero no es menos cierto que, en algunas aulas y en algunos hogares, se están dando ya situaciones delicadas y de difícil solución. Muchas veces, cuando estas familias solicitan la ayuda del orientador escolar, la situación les ha desbordado ya por completo.

¿Cómo entender que un adolescente de 16 años tenga a sus padres «confinados» en su habitación porque él se ha adueñado del resto de la casa? ¿Qué sentimiento despierta la afirmación de un niño de educación infantil que dice: «En mi casa mando yo» y que, lamentablemente, es cierto? ¿Qué ha pasado para que algunos padres tengan miedo de sus hijos menores de edad? ¿Qué ética tienen esos alumnos que graban escenas vejatorias hacia un compañero y luego tratan de venderlas a un canal de televisión?

No se trata de buscar culpables. Es hora de ponernos todos (padres, profesores, orientadores, políticos y la sociedad en general) a buscar soluciones a los múltiples problemas que surgen en las aulas y que, en muchos casos, son proyecciones de la vida familiar y social en la que se están desenvolviendo nuestros niños y adolescentes. El filósofo José Antonio Marina ha popularizado el viejo y sabio proverbio: «Para educar a un niño hace falta la tribu entera».

Los profesores, y también los padres, necesitan mucha ayuda y orientación para hacer frente a la diversidad de problemas emocionales y de comportamiento de niños y adolescentes que, en muchos casos, repercuten negativamente, a corto o medio plazo, en su propio rendimiento escolar y desarrollo personal.

Desde hace años, existe en los colegios de educación infantil y primaria, en los institutos de enseñanza secundaria y en los centros concertados la figura del orientador escolar.

El orientador es el especialista en psicología o pedagogía que acompaña a los escolares en su desarrollo personal, social, académico y profesional desde el comienzo de la educación infantil hasta los 18 o 20 años que es cuando, generalmente, acceden a la universidad o concluyen los estudios de grado superior de formación profesional y se incorporan al mundo laboral.

Durante todo este tiempo, la labor del orientador es ardua y amplia. Asesora y atiende a profesores, padres, alumnos y al propio centro como institución escolar. Realiza evaluaciones psicopedagógicas y de diagnóstico, hace propuestas para la solución de los múltiples problemas que afectan, o pueden afectar, al desarrollo personal y a la convivencia escolar de los alumnos de La Rioja. Estudia en profundidad las mejores opciones educativas para los alumnos que presentan alguna discapacidad. Asesora y orienta a los profesores que tienen a alumnos con problemas de aprendizaje, así como a sus familias.

El orientador escolar es el especialista encargado de impulsar programas de intervención cuando se producen los problemas. Pero, sobre todo, de promover actuaciones preventivas que, como una y otra vez se ha puesto de manifiesto, son las más adecuadas para evitar los conflictos comportamentales que, por desgracia, cada día afectan más a nuestros centros escolares y que son el reflejo de un clima social y familiar de tensión y de estrés que, entre todos, debemos ir atajando. El orientador es, y debe seguir siendo, una pieza clave en la institución escolar, para ayudar a paliar toda esta problemática, no solo escolar y familiar sino, también, social.

En este contexto, la función de los orientadores se ha convertido en más relevante que nunca. La administración educativa, debe ser consciente de que la inversión efectuada para incrementar el número de plazas es, además de necesaria, absolutamente rentable desde el punto de vista familiar, escolar y social.

El número de orientadores escolares, en la actualidad, es a todas luces insuficiente para poder abordar con un mínimo de calidad, todos los tipos de problemas que se le plantean día tras día.

El fenómeno de la inmigración ha supuesto, a los orientadores escolares en particular y a las comunidades educativas en general, nuevos y complejos problemas a los que hay que dar respuesta urgente.

La labor preventiva desarrollada por los orientadores en los centros escolares evitará en el futuro muchos problemas de confrontación social. Detectar a tiempo a los alumnos que se hallan en situaciones de riesgo,y disponer de los medios adecuados para poder solucionarlos, o al menos paliarlos, podría evitar, en el futuro, posibles actos delictivos. Protegiendo de esta forma al menor y a la sociedad y facilitando la sana convivencia en los centros educativos.

Actualmente, en la comunidad de La Rioja, hay un orientador en cada instituto de educación secundaria. Los equipos de orientación psicopedagógica están a cargo de los centros de infantil y primaria. También tienen orientador los centros concertados. Dicho así parece que, en relación con la orientación, los recursos con los que cuentan los centros educativos riojanos son suficientes.

La realidad, sin embargo, es bien distinta. No todos los colegios o institutos tienen el mismo número de alumnos. Hay centros de educación secundaria, que rondan o superan el millar de alumnos. En educación primaria hay colegios que se aproximan a los 700 alumnos, y, en alguno, el alumnado inmigrante representa el cuarenta por ciento, mientras que en otros centros este porcentaje es muy poco significativo. Otra variable a tener en cuenta es que hay orientadores que atienden a más de un centro de primaria.

Por ello, ajustar la ratio de orientador por número de alumnos (250 alumnos por orientador) debe constituir un reto para la administración educativa de La Rioja y un beneficio para toda la ciudadanía. Este reto ya ha sido acometido, hace tiempo, por varias comunidades autónomas.

Esta reivindicación que hacemos, desde la Asociación Profesional de Orientadores de la Rioja (Apolar), no representa una aspiración meramente corporativa, sino que responde a un creciente clamor social que, día a día, observamos en todos los centros escolares.

Si por falta de recursos los orientadores escolares nos seguimos viendo desbordados, también lo sufrirán los alumnos, las familias y la sociedad en su conjunto.

 
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