La última cata de Robert Parker ha encumbrado a este viticultor de San Vicente que apenas elabora 20.000 botellas -sus puntuaciones de la reciente lista del 2007 no tienen parangón-: «Estamos demostrando que podemos hacerlo igual de bien que los franceses, pero nada es nuevo». Benjamín Romeo se levanta de la mesa y enseña una botella de Bosconia (López de Heredia) de 1954: «Si abres este vino comprobarás que está vivo e inmediatamente te imaginas como estaría hace 53 años».
El cien de Robert Parker lo asimila peor su teléfono -durante la entrevista suena diez veces hasta que la batería muere de éxito- que él mismo: «Yo soy un tío normal, que trabaja las viñas y la gente que me conoce sabe que no hay tontería detrás, quizás por eso la prensa me ha tratado tan bien». Especialmente, el gurú norteamericano, que siempre ha calificado con más de 90 puntos todos sus vinos: «Desde luego, es el tío que más influye en el mundo y, en mi caso y en el de mucha gente que hemos empezado despacito, sin su empujón no estaríamos aquí ahora». «Yo no tengo una fortuna detrás -explica-, estoy haciendo una bodega modesta y cuando sube el euribor no duermo; un golpe como éste [en referencia al 100] viene muy bien».
Escuela francesa
Benjamín Romeo, como otros grandes renovadores (Álvaro Palacios, Miguel Ángel de Gregorio, Juan Carlos López de Lacalle...), conoció la viticultura y la enología francesa -«sólo allí se entiende el verdadero concepto de calidad», aclara- antes de incorporarse a Artadi. Dejó la bodega alavesa en el año 2000 para poner en marcha su inacabado proyecto personal: «Pese a haber logrado el cien con el Contador [está convencido de que el 2005, aún en barrica, es todavía mejor que el precedente], me queda mucho por hacer», asegura. «Desde que estoy en la enología he trabajado siempre en precario». «Con la nueva bodega voy a poder centrarme por primera vez en mi vida en una instalación pensada para hacer buenos vinos y eso creo que se notará».
Romeo invierte tres millones de euros en una pequeña bodega donde elaborará el Contador, la Viña de Andrés Romeo, la Cueva del Contador, sus personalísimos blancos y una nueva marca accesible al gran público de la que pretende comercializar hasta 80.000 botellas: «Predicador va a ser un vino muy amable, que invitará a beber y con el sello de Benjamín». «Mi obsesión -continúa- es no engañar; la producción de grandes vinos no aumentará porque no quiero que acaben en manos de negociantes de todo el mundo vendiéndose luego en malas condiciones, como les ha pasado a otros». «Predicador -añade- es un proyecto muy bonito y, de momento, ha sido una grata sorpresa ver que las 3.500 botellas que he hecho se han vendido».
La Cueva del Contador
Más de media docena de grúas intentan tocar el cielo en San Vicente. El pueblo, uno de los más aptos para la viticultura de Rioja, es objeto de deseo inversionista. Para Benjamín Romeo no es casualidad: «San Vicente es el patrón de los viticultores y tiene catalogados unos sesenta lagares rupestres; estas cosas no son por casualidad», responde orgulloso.
Los nombres de sus vinos pueden sorprender a los aficionados, pero tienen su razón de ser. Benjamín Romeo cría su Contador -producto del coupage de vinos de hasta 16 parcelas distintas de San Vicente y Labastida, al más puro estilo Borgoña- en dos maravillosos calados bajo la torre del reloj del Castillo de San Vicente. A la entrada de la cueva -existen más de 50 rodeando la fortaleza-, hay una mesa donde antiguamente 'el contador' (el contable) contaba los pellejos de vino que se almacenaban en el calado subterráneo.
El otro vino, La Viña de Andrés, su único vino de pago, es un homenaje a su padre, un trabajador del campo por el que Benjamín siente verdadero respeto: «Esta es la primera entrevista que me hacen tras el cien de Parker y me encanta por mi padre: este domingo irá a echar la partida o a tomarse el blanco después de misa y le dirán que su hijo sale en el periódico... Yo vivo aquí, soy de San Vicente», insiste emocionado. Mientras, el efecto Parker ya es un hecho: el Contador 2004, que hace unos días se podía comprar a 150 euros, costaba ya el viernes 300.