Viernes, 2 de marzo de 2007
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«A veces, me tratan como si fuera gilipollas. Y pienso: ¿Paciencia!»
La joven ha superado los prejuicios de los que confunden parálisis cerebral y retraso mental
«La mayor parte de la gente me trata de modo muy amable. Pero hay alguno que me habla como si fuera gilipollas. Y me digo a mí misma: ¿Paciencia, paciencia!». Mercedes García sabe que mucha gente confunde parálisis cerebral y retraso mental y la una con la otra tienen poco que ver. La parálisis cerebral se debe a una falta de oxígeno que ocasiona daños en una zona concreta del cerebro. La minusvalía física es uno de los síntomas.
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La incomprensión de algunos no es el único obstáculo que ha superado Mercedes. En la adolescencia, confiesa haber vivido la etapa más dura de su vida. «En 7º de EGB me operaron de escoliosis, nueve horas en el quirófano, y estuve tres meses ingresada. En 8º, me volvieron a abrir para retocar unos alambres», cuenta. En los peores momentos, Mercedes se quedó tetrapléjica y sin voz. Inevitablemente, las dos intervenciones quirúrgicas y sus consecuencias físicas también le cambiaron el carácter. «De niña, era muy alegre. Pero tras las operaciones, me volví introvertida, tenía muy pocos amigos y no quería salir de casa», relata. Las horas de rehabilitación se le hacían interminables. Afortunadamente, nunca dejó de lado los estudios y así pudo acabar COU con Matrícula de Honor, gracias a su sacrificio y al apoyo de sus profesores, así como al empeño de los profesionales sanitarios, fisioterapeutas y logopedas que le atendieron en la Clínica Universitaria de Pamplona.

La vida de la joven cambió, a mejor, cuando volvió a la capital navarra para estudiar la carrera. Tuvo que soltarse y aprender a defenderse por sí misma. «Dejé de darle tantas vueltas al coco», resume. Y también se atrevió por fin a responder a sus inquietudes vitales. Primero, se sacó el carné de conducir. Luego, en 1997, se fue a Maryland (EEUU) para colaborar en una Unidad de Parálisis Cerebral de ese estado; un viaje en el que la joven se dio cuenta de que podía hacer por sí misma más cosas de las que jamás hubiera creído. Su madre cuenta la angustia que vivió aquella noche en que su hija llegaba a Nueva York antes de coger otro avión a Washington. «No pegué ojo, pensaba que le había pasado cualquier cosa porque no nos llamaba. Pero ella sola fue capaz de pedir información y de acabar llegando a su destino», afirma.

Al año siguiente, en 1998, hizo prácticas en una farmacia de Logroño y comenzó a colaborar con una 'oenegé' de Pamplona. «Ese mundo me gustaba y cuando acabé Farmacia, el Gobierno de La Rioja me dio una beca de cooperación al desarrollo», cuenta Mercedes. Pero entonces surgió otra oferta casi irrechazable: la Fundación ONCE le ofreció un Máster en Administración y Dirección de Empresas en Madrid con todos los gastos pagados. «En mi casa me decían que si no lo cogía, era tonta», recuerda. Pero Mercedes se dio cuenta de que había llegado el momento de cumplir con su verdadera vocación, la psicología. Por su cuenta, llamó a varias universidades. Había plaza en la Facultad de Psicología de Salamanca. La decisión (era el año 2002) ya estaba tomada.

Su estancia en la ciudad castellana está llena de imágenes inolvidables: libros, amigos, fiestas, risas. «En aquella época», rememora Mercedes, «me compraron una silla de ruedas eléctrica. Y eso me dio muchísima libertad de movimientos y una casi total independencia». Una foto de aquella época resume cómo había cambiado la vida de Mercedes. En su silla eléctrica, lleva a casa a una compañera que iba un pelín «alegre».

 
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