Como en cualquier otra disciplina deportiva, aprendías en recreativos de segunda, con la aspiración de llegar a los grandes estadios del pierde paga, donde los maestros, normalmente melenudos o macarras, despachaban cuadrillas de chavalitos. De los Recreativos Eva -fue allí donde el Pecas, en horario de inglés, me enseñó el chiribiqui (sin cambio, por supuesto) y el piri (con el primer, segundo, que bien ejecutado era imparable, y tercer medio)-, di el salto a la gran liga del Nico, el heredero del Toki.
Era una transición difícil, (algo parecido debe ser para Rafa Nadal jugar en Roland Garros o en Wimbledon), ya que, acostumbrado a los cañoneros de plomo y a la rápida superficie del Eva, el Puti o el Sport Club, te medías a los mejores diestros -que no iban a clase de inglés ni a ninguna otra- en un terreno más lento y más grande, donde el chiribiqui hacía estragos en líneas defensivas más separadas y porterías más grandes.
Tras apoquinar innumerables partidas, logré consolidarme en la gran liga, con mi amigo Gerardo de pareja, y birlar unas cuantas pagas a intocables a los que les jodía perder con unos chavalitos.
Alejandro, tu inventó sirvió para mucho más que para distraer a los niños del hospital. Al nivel de la rueda, la gravedad de Newton, la relatividad de Einstein u otros grandes hitos de la Humanidad, el futbolín ha forjado vidas, amistades y enemistades. En tu honor, he aquí el humilde minuto de silencio de un campeón olímpico de triatlón (futbolín, mus y billar -Pasarena, 1995-) antes de sacar la bola e intentar el piri con el segundo.