Sabrán disculpar Sus Majestades tan osado atrevimiento por mi parte enviándoles esta misiva, en vísperas de su visita a Logroño, pero no sería de mi agrado que se llevaran una impresión equívoca de la capital de La Rioja. Han sido dos años de obra tras obra -y no sólo en la Gran Vía sino también en el resto del casco urbano-, de ruido infernal, de atasco permanente, de polvo hasta en las entrañas, de penuria ciudadana, de cierre de comercios, de garajes anegados.
Pero, gracias a Dios, la ciudad va restañando poco a poco sus heridas, cubriendo los aparcamientos subterráneos, urbanizando en superficie. Cuando visiten la Gran Vía, a bordo de su coche oficial, no olviden aconsejarle al chófer que negocie con sumo cuidado la rotonda que enlaza la avenida que lleva el nombre de Su Majestad con Vara del Rey. La pobre se ha quedado tanto angosta y resulta tarea difícil conducir sin correr riesgo de colisión lateral, frontal o por alcance.
La rumorología popular asegura que la mentada rotonda nació a última hora, improvisadamente, al descubrir los urbanistas que alguien había olvidado habilitar el necesario giro a la izquierda. Pero tampoco hay que dar mucho crédito, Majestades, a las habladurías del pueblo llano. ¿Ah! Y espero que, cuando la circunvalen, tengan la suerte de que la fuente esté a pleno rendimiento hídrico. En las últimas semanas los surtidores han funcionado un día no y otro tampoco.
Por último, Majestades, recomienden también al conductor que trace una ruta alternativa y sin atascos hacia el Hospital San Pedro, pues los accesos son de aúpa y siempre están colapsados. Y, si deciden estacionar el vehículo oficial, no se desesperen. Tras once o doce vueltas en torno al diminuto aparcamiento suele aparecer alguna esquina donde meter el morro, aunque siempre queda la alternativa de un improvisado solar a tan sólo un kilómetro, eso sí, cubierto de barro o polvo, según llueva o haga sol.