No hay que confundir la indiferencia con eso que llaman «de-sentenderse del asunto». Mucho menos con el desprecio, aunque muchas veces consista en no hacer aprecio. Tampoco hay que llevarse las manos a la cabeza porque Andalucía haya aprobado el Estatuto con la más baja participación de la historia, entre otras cosas porque las manos hay que tenerlas ocupadas, ya que en esta tierra quedan mu-chas cosas por hacer. La abstención sólo delata que mucha gente se ha negado a hacer bulto.
Se ha juntado una cierta desgana, próxima a la anorexia política, con el aspecto poco apetecible del guiso y la precipitación de los camareros. También hay que tener en cuenta que a Andalucía siempre la han llamado a engaño, desde aquellos tiempos del caciquismo y el señoritismo donde los campesinos se sentían muy agradecidos cuando el amo les regalaba la tierra suficiente para que tuvieran una maceta. Todo eso está muy distante, por fortuna y por esfuerzo, pero no hay que olvidar que una reforma agraria a tiempo hubiera facilitado enormemente una reforma mental.
La verdad estadística es que sólo uno de cada tres andaluces ha acudido a las urnas, pero eso ni cuestiona la reforma ni la legitimidad del resultado. Los nativos están tan absolutamente convencidos de ser «una realidad nacional» que en gran parte no han tenido ganas para subrayarla. Está claro que no les ha interesado la cuestión hasta el punto de dejar sus cosas para ocuparse de ésa. ¿Qué le vamos a hacer! Es la frase que más se repite en esta vieja tierra a la que ha venido siempre mucha gente para llevarse algo, aunque sólo sea un trocito de sol pegado a la piel. Ahora algunos se han llevado un chasco. No hay que preocuparse más que por el hecho de que la política vaya por un lado y la sociedad por otro. Llevan vidas paralelas y por mucho que se prolonguen no van a encontrarse mientras la geometría no cambie de conducta.