Ya comprenderá usted, querido lector, que aunque uno intenta ser omnicomprensivo y multipreocupado, hay cosas y cosas. Sé que el Gobierno de La Rioja no pasa por un buen momento: primero al presidente se le va la boca y le hacen chistes hasta en el Tomate, luego le crecen los inversores en Electrolux como enanos de circo. Sé que el Parlamento apenas sirve para que los parlamentarios pongan cara de trance místico cuando habla su jefe de filas, mientras asienten una y otra vez como perritos de salpicadero. Y a todo esto, la oposición no encuentra mejor tema de crítica que el nombre de las farolas de la Gran Vía: las 'Yolandas'.
Pero a mi sólo me mosquea una institución riojana. Lo dicho, la más importante: los bares. Recientemente estuve, por cosas de la profesión, viendo al Darien caer con honra en León. Ahogué las penas por la zona de garitos del pueblo: 'el Húmedo', la llaman. Y salí de allí con una chispa más que aceptable y una pregunta: ¿cómo hemos conseguido que en León (por ejemplo) se beba mejor vino que en Logroño?
Uno pisa el Húmedo, pide un vino joven y se lo dan bueno, en copa como Dios manda, con tapa tremenda, barato. Y en locales recién decorados, cuidados, refrigerados. En Logroño (Laurel, por ejemplo) por lo general el vino del año se sirve en vaso chiquitero de hace 30 años o en copeja ridícula, hay locales sin tocar desde que Franco era alférez, el pincho cuesta un ojo de la cara. Y el joven es tan malo que, si uno no quiere acabar en el sanatorio (con el riesgo, encima, de que en la puerta esté Pedro Sanz repartiendo orquídeas), toca pedir crianza a euro y medio la copa.
Disculpen la generalización: muchos se lo curran, apuestan, se preocupan. Otros no. Y eso sí que es una crisis. De verdad. palvarez@diariolarioja.com