Una u otra opción me obligaba a salir de Logroño y vivir fuera. Fui haciendo exámenes de admisión, conociendo universidades y, en contra a lo que llevaba diciendo muchos años, que era irme a Madrid, me entró el canguelo de última hora y decidí irme más cerca, a Pamplona. Quería algo que me permitiera volver a mi casa en caso de lloreras pre-exámenes o poder dar una vuelta por la calle Laurel en caso de necesidad.
Por varias razones me decanté por Periodismo, con el correspondiente asombro de mis padres y con varios redactores de este periódico intentando convencerme de que no lo hiciera. Aun con todo, la carrera, a falta de un año para terminarla, es la mejor elección que he hecho nunca, aunque siga viendo mil series de hospitales para no dejar de lado mi vena de médico.
Pamplona se ha convertido en mi segunda casa. La ciudad en sí no me gusta, me parece muy fría y llueve demasiado, pero el ambiente es inigualable. Fiestas, cenas, trabajos en grupo... Todo lo que necesitas para sentirte como en casa. Está bien vivir fuera porque espabilas en todo los sentidos (algunos de mis compañeros no sabían ni freír un huevo) pero, sobre todo, aprendes a valorar lo que dejas en casa: una madre que recoge todo, un padre que te avisa de lo que puede pasar o unos hermanos que siempre están ahí para ayudarte.
Si tuviera que volver a decidir, me iría, pero siempre a menos de dos horas de casa para poder volver, que eso siempre es necesario.