«Mi vida está conectada a una máquina»
La unidad de hemodiálisis ha sido ya trasladada hasta el hospital San Pedro desde el San Millán, donde se dializan en días alternos unos 40 riojanos
Los martes, los jueves y los sábados, Esther nunca queda con nadie. Desde hace años, esos días tiene una cita obligatoria con una máquina que le «machaca» durante tres horas y media pero sin la cual no puede vivir. «Mi vida está conectada a ella», resume.
Como el resto de los enfermos de riñón de La Rioja, esta logroñesa de 30 años depende necesariamente de la hemodiálisis para que su cuerpo siga funcionando. «Casi siempre salgo mal», relata. «La última sesión (el martes) fue especialmente dura y tuvieron que llevarme en ambulancia. Te cansas mucho, los cambios de tensión arterial son fuertes, sufres mareos y hasta sales afónica». Todas esas sensaciones no son nuevas para Esther. Su patología es congénita, ha tenido tres transplantes de riñón (el primero a los 12 años) y está a la espera de un cuarto que le libere de la esclavitud que mantiene con esa «lavadora gigante» que cada dos días le limpia la sangre y le concede una tregua para hacer una vida «todo lo normal que puedo».
El entrecomillado excluye cuestiones tan básicas para una chica de su edad como ir de fiesta, mantener un trabajo continuo- «soy auxiliar de enfermería, pero como es imposible ajustarme a turnos, trabajo sólo esporádicamente para alguna sustitución y sentirme útil»- o beber agua. Las mayores satisfacciones quedan en casa, con una hermana que sufre la misma patología y una madre «que sabe demasiado bien lo que es sufrir».