Lo cierto es que en muchos puntos de España se cuece el embrión de un sentimiento xenófobo, revanchista, de reivindicación de espacios públicos colonizados por las bandas latinas que se abonan con vanidad, pese a que desde el Gobierno se tiende a negar la existencia de estas bandas y clasificar los hechos del pasado fin de semana en Alcorcón en el casillero de «conflictos» entre jóvenes españoles y sudamericanos.
Alabo la política del llamamiento a la calma, pero desapruebo, tanto como el 'ojo por ojo', la negación de la realidad. Decir que no existen bandas latinas en Alcorcón y en muchas otras ciudades españolas es como asegurar que los ataques a sucursales bancarias y mobiliario urbano en el País Vasco son una 'chiquillada'.
Las 'no bandas latinas' tienen su propia jerga, su estilo uniformado a la hora de vestir y, por supuesto, a la hora de pensar, poses homogéneas y foros fijos donde reunirse. Si esto no son bandas, entendidas como agrupaciones de gente con fines ilícitos, tampoco debe serlo aquel grupo tras el que corría la ertzaintza con el que me topé -hace ya unos años- en pleno casco viejo de San Sebastián. Con unos cuantos años menos, recuerdo que me asusté -y mucho- casi tanto como lo que tuve que correr hasta que entré en un bar.
Inmediatamente bajaron la verja del local. Yo debía ser la menos acostumbrada. Mientras los demás continuaban con sus chatos y zuritos, yo apenas podía tragar mi propia saliva. Fueron los minutos más largos de mi vida.
No pretendo comparar los terrorismos -lo dejo a los expertos- pero sí los temores y la inseguridad que vuelven a mi mente cuando leo las consignas «exterminio latino. pásalo».