Martes, 23 de enero de 2007
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«Espero que esto cambie; no quiero ser una carga para mi hija»
Lleva más de la mitad de su vida ejerciendo de cuidador. Primero, con su madre, y ahora, con su padre. No está solo. Es un problema que afronta junto a sus tres hermanos. Pero no por compartirlo, resulta menos sangrante.
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Hace 22 años le diagnosticaron a su madre Parkinson. «Miramos residencias públicas, pero las listas de espera eran larguísimas, y también privadas, pero con la pensión de mi padre no se llegaba», explica. También valoraron la posibilidad de costearlo entre los hermanos, «pero mis padres fueron educados de una manera en la que no se entiende que no te cuiden los hijos; piensan que les abandonamos. Así que la solución fue turnarnos».

Al principio, la situación fue llevadera: «Mi padre estaba bien y nosotros sólo íbamos los fines de semana». Después cayó también enfermo de Parkinson.

Los últimos cinco años de la vida de su madre fueron un martirio. Al Parkinson se sumó el Alzheimer y eso la postró en la cama, como un vegetal: «Cuando falleció mi madre, mi padre cayó en picado y nos vimos en la misma situación».

Con unos ingresos modestos, pero no lo suficiente como para hacerle merecedor de ayudas públicas, y los recelos a abandonar su hogar, los hijos le convencieron, al menos, para tener cuidadoras externas. Pero, entró en una profunda depresión, así que Antonio y sus hermanos le propusieron «una solución de compromiso»: tener una chica durante el día y estar acompañado por las noches por uno de de ellos.

Turnos semanales

Establecieron turnos semanales y así siguen, conscientes, no obstante, de que la situación «no es tan grave como la de mi madre, ya que él sólo tiene problemas de movilidad».

En ese tiempo a Antonio le ha dado tiempo a formar una familia. Su hija tiene sólo tres años, pero tan chiquitina es capaz de darse cuenta de cuándo su papá duerme con el abuelo durante siete días seguidos: «Le hemos explicado qué es lo que ocurre y lo entiende, pero me echa mucho de menos cuando estoy fuera de su casa».

Antonio confiesa que estas situaciones «nos han condicionado la vida a todos los hermanos», reconoce que en algunos momentos se han producido «fricciones» y denuncia que, especialmente con su madre, realizaban tareas para las que no estaban preparados: aseo, manipulación de medicinas...

«¿Ley de Dependencia?, no sé lo que dará de sí», reflexiona. «Lo que tengo claro es que si deben ser los hijos los que cuiden a los padres es necesario ayudarles económicamente para que puedan dedicarse a esta tarea y, en general, confío en que esto cambie en futuras generaciones. Yo no quiero ser una carga para mi hija».

 
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