ACABO de solicitar los papeles para hacerme alemán. He ido a la embajada, he rellenado cuatro o cinco formularios, me he puesto de rodillas y les he dicho que, si era necesario, me cambiaba el nombre y empezaba a llamarme Helmut o Fritz. Hasta estoy siguiendo una estricta dieta a base de salchichas y cerveza. Cualquier cosa con tal de salir de este país y entrar en el mundo civilizado. Cuando sea alemán, no sólo voy a poder celebrar algún Mundial de fútbol de vez en cuando, sino que me evitaré el bochorno de tener que vivir otra Conferencia de Presidentes Autonómicos.
En Alemania son gente racional y poco gastadora. También allá tienen un Estado muy descentralizado, pero disponen de una verdadera cámara de representación territorial (el Bundesrat), en el que las regiones debaten sus problemas con reposo, lealtad y orden.
Aquí, no. Aquí preferimos tener (y pagar) un Senado que suena muy bien, como a foro romano, pero que sólo sirve para que trescientos políticos que están ya para el desguace se mojen la barriga en la piscinita. Eso sí: con un buen sueldo, con mucho ujier y con ese tratamiento de 'excelencias' que tanto les pone. Todos los partidos lo reconocen (aunque por lo bajini) y todos prometen reformarlo, pero ninguno lo hace. Y no me extraña: menudo chollo para los prejubilados del pepé, del pesoe, del peneuve y de todos los demás.
En su lugar, aquí organizamos esa Conferencia de Presidentes que parece un colegio de parvulitos: el Sanz aprovechando que sale a hacer pis (o pas, que eso no ha quedado claro) para meterse con el profe Zapatero; el Revilla chivándose del Sanz para hacer la pelota al profe Zapatero; el señor X grabando sin autorización el desliz del profe Zapatero y luego pasándoselo a la Cope...
Así que lo siento, pero me voy a hacer alemán. Y en cuanto llegue a Berlín, me subiré a la torre más alta y gritaré a los presidentes autonómicos: ¿Que os den a todos por ahí! pgarcia@diariolarioja.com