Quiero pensar que el sofisma (argumentación adulterada que se usa para defender una falacia) introducido por el aspirante del PP a la Presidencia del Gobierno en el debate del lunes sólo fue producto de una mala digestión, que los callos que sirven en Madrid son a veces traicioneros. Quiero convencerme de ello, es más, pues como alternativa sin dudar de su salud sólo se me ocurre una maliciosa intervención de sus más cercanos en los renglones que leyó.
Porque, seguro, Rajoy no puede pretender abonar la huerta popular con una lógica silogística tan cutre y efectista. No sería de recibo pretender rentas tanto de los atentados, así lo pretendió el mismo lunes, como de su ausencia, la que todo bien nacido desea.
No puedo ni quiero creer, tampoco, que el capítulo de espionaje chusco y casposo ocurrido durante la última Conferencia de Presidentes tenga en el presidente del Gobierno de La Rioja, Pedro Sanz, a uno de sus protagonistas. No puedo ni imaginarlo, tecnología Movistar en mano, jugando a ser James Bond con licencia para grabar. No alcanzo a entender, pues, que tarde tanto ya la negación a lo que ha pasado de rumor a directa acusación que emponzoña al presidente de todos los riojanos y a algún miembro de su círculo más cercano. Negación, y no enervación como la del martes. Negación rotunda y, entonces sí, que les den. Negación contundente y los pimientos los pongo yo: de Tricio y con aceite del trujal de Galilea. A ver si le importan.