Luego, claro, hay muchos condicionantes que nada tienen que ver con ese mundo ideal. Asuntos que hay que comprender para entender cómo es esto.
El edificio Zarman-Las Gaunas de Logroño puede servir como un ejemplo de ese tipo de condicionantes. Lo primero, en este caso, es empezar por la parcela de la que hablamos y por sus circunstancias. Especialmente, por cómo se vendió.
El solar era el que en tiempos más heróicos ocupaba el antiguo campo de fútbol de Las Gaunas. Cuando, tras vicisitudes sin cuento, se concluyó el nuevo campo -una de muchas oportunidades perdidas para la arquitectura en Logroño- el solar del campo original salió a la venta.
A subasta
El Ayuntamiento lo subastó, y una perla así motivó mucho interés. La puja ganadora, la de Zarman, era de órdago: 35.385.000 euros (5.890 millones de pesetas). Con esa puja inicial, y la edificabilidad que tenía el solar (se podían construir un máximo de 23.000 metros cuadrados), la repercusión sólo por la compra en las viviendas era ya muy alta: cada metro venía a costar, de origen y antes de construir nada, 1.500 euros.
He aquí el problema: meter toda la edificabilidad permitida en el bloque de baja más 6 alturas máximo era complicado. No hacerlo suponía elevar aún más la repercusión por metro construido, hasta límites peligrosos para la viabilidad económica del asunto.
De ahí sale el bloque resultante: los arquitectos Roberto Benés y Dionisio Rodríguez, responsables del proyecto, se vieron en la necesidad de «llenar la caja»: o sea, construir todo el volumen posible, a toda la altura posible, usando el máximo vuelo posible sobre la acera en todo el edificio.
Todo esto explica, cosas de la vida, el curioso aspecto del edificio. «El peligro era que la fachada acabara pareciendo un hospital antiguo», señalaba Benés.
Así, Benés y Rodríguez buscaron una composición plana de colores que diera algo de vibración a una fachada casi obligatoriamente uniforme. Ahí lo tienen: cómo una subasta acaba determinando los colores de una fachada. Tras unos cuantos experimentos, al final se decidieron por la fachada tricolor que parece en las recreaciones: blanco, rojo y negro.
Los colores del Logroñés, por cierto. Simbólico, pero menos: «Nos gustó esa fachada, y no nos dimos cuenta de la coincidencia hasta después», asegura Benés.
Al interior, las 156 viviendas (también el máximo permitido) se reparten en varios tipos. Las más repetidas tienen 115 metros, aunque hay bastantes de 90 metros y algunas, en las esquinas, de hasta 130. Todas siguen un esquema parecido: un hall que da acceso a la zona de día (cocina y salón). Detrás está la zona de dormitorios.