«Siempre he llevado dentro al niño que fui, y, ahora, ese niño sigue teniendo para mí la misma importancia que tenía cuando se encontraba solo en la mitad del campo, mirando las cosas y descubriendo el mundo», afirma Saramago en una entrevista, concedida con motivo de la publicación de esta obra, que llegará a las librerías españolas el 24 de enero y a las de Hispanoamérica, en febrero.
Como en otros libros de Saramago , Premio Nobel de Literatura 1998, en el nuevo, publicado por Alfaguara, hay emoción, humor, ternura y fina ironía. Pero «no hay ninguna ficción», porque el autor ha procurado «definir los hechos con la mayor claridad posible» y ha hecho «lo posible para que la literatura no entrara en este libro». «Todo lo que yo cuento ocurrió», asegura.
«Es cierto que hay momentos de mi infancia que estaban un poco ocultas bajo las capas del tiempo, pero con la memoria sucede algo interesante: cuando uno se preocupa por recordar, uno se da cuenta de que sabía mucho más de lo que creía y situaciones que parecían totalmente olvidadas surgen con una nitidez como si hubieran ocurrido ayer», afirma el escritor, que en el libro recrea sus primeros quince años de vida.
El poder reconstructor de la memoria le ha permitido a Saramago evocar su infancia en Azinhaga, el pequeño pueblo donde nació en 1922 y en el que echó raíces, pese a que sus padres emigraron a Lisboa cuando él tenía menos de dos años.
De niño y adolescente volvió con frecuencia a su aldea natal y por eso le ha sido fácil recordar el paisaje que la rodeaba, los largos paseos por los dos ríos más próximos -el Almonda y el Tajo-, y las horas que pasó pescando, a veces en vano, aunque quizá no lo fuera tanto porque, sin darse cuenta, iba «pescando cosas» que en el futuro serían importantes para él: «Olores, imágenes, sonidos, brisas, sensaciones».