El día 30 de diciembre, ETA voló por los aires el (mal) llamado proceso de paz. Lo hizo como suele: a lo bestia y cobrándose la vida de dos inmigrantes que trabajaban en España para enviar dinero a sus misérrimas familias. El atentado me demostró varias cosas.
Primero: que el nacionalismo violento es una enfermedad de sociedades opulentas, cuyos adinerados defensores (Otegi, Pernando, Ternera), pese a decirse de izquierdas, 'explican' el asesinato de los más pobres en nombre de una rentable fantasía ideológica.
Segundo: que, al menos al final del proceso, el Gobierno -como demostró la última y optimista comparecencia de Zapatero- no estaba bien informado de las verdaderas intenciones de ETA. Y eso supone un fallo ciertamente preocupante.
Y tercero -y aquí está el charco-: que la actuación de algunas víctimas del terrorismo, de bastantes dirigentes del PP y de ciertos periodistas durante este año ha sido, a mi juicio, irresponsable. Mientras el proceso seguía vigente, nos hemos hartado de oír que el Gobierno se había puesto de rodillas ante los terroristas, que se había entregado Navarra, que se estaba pactando la secesión del País Vasco, que se había rendido el Estado de Derecho... Pero ahora resulta que no: que ETA ha vuelto a matar porque no había conseguido ninguna de estas cosas. Así que todos los alaridos anteriores sólo se explican por el miedo a que eso sucediera realmente o por simples ganas de malmeter y de arañar votos.
Ya no se trata de exigir responsabilidades: cada cual que apechugue con lo suyo. Pero sí convendría que todos (Gobierno, oposición, periodistas, víctimas, ciudadanos) aprendamos. pgarcía@diariolarioja.com