Como hace lustros que abandoné la ilusionante etapa de la niñez, no pienso pediros ni la Nintendogs, ni la Bratz deportista, ni siquiera la Play Station.
Tampoco caeré en la retórica -que más que retórica es logomaquia- de reclamaros paz para el mundo o alimento para quien tiene hambre. Eso, como dice el refrán, es dado y no pedido. Sé, también, que la caridad es una de las tres virtudes teologales, pero yo, personalmente, me quedo con la justicia.
Si, a imagen de los genios de maravillosa lámpara, concedierais tres deseos, gastaría el primero en procurar felicidad perpetua para mí y para los míos. Pero no esa felicidad superflua que proporcionan el dinero o el poder, sino esa felicidad sencilla que emana de disfrutar de cada instante de la vida como si fuera el último.
«Gloria a los Reyes Magos», reza el estribillo más cantado por los niños logroñeses con motivo de la Epifanía, loa a la que, solícito, me apunto, aunque con una condición:
Que la banda terrorista ETA desaparezca de la faz de la tierra sin posibilidad de marcha atrás. No sé, como os decía al principio, si esta petición llega dentro de plazo y si alcanza a vuestras posibilidades. No obstante, me consuela saber que más temprano que tarde estos malnacidos neonazis terminarán extinguiéndose cual ratas de alcantarilla. Y es que no hay mal que cien años dure, ni cuerpo que lo resista. mizquierdo@diariolarioja.com