Nochevieja es el único día del año en que los padres les piden a sus hijos que beban alcohol antes de salir de casa
Las cenas de Nochevieja son especiales. En primer lugar, se trata del único momento del año en que los padres animan a sus hijos adolescentes y jóvenes a ingerir bebidas alcohólicas. Si los otros 364 días la retahíla es: «¿No bebas!», el 31 de diciembre, las frases mágicas son: «¿Venga, toma champán! ¿Aquí hay sidra! ¿Un chupito para todos!» y sentencias del mismo tenor. Y la cosa adquiere tintes dramáticos si alguno de los amigos sube a tu casa a felicitar el año a la familia y tu madre empieza a decir: «¿Venid aquí que os voy a preparar unos cubatas...!». De verdad, dan ganas de grabar estas palabras para recordárselas a tu progenitora cada vez que llegues a casa en estado comatoso el resto del año.
Pero lo mejor de la Nochevieja (aparte de la farra posterior) es la cena, antes de que las uvas provoquen la gran evasión de la juventud hacia bares y cotillones. En concreto, me parece que debemos rendir homenaje a esos seres queridos que no faltan en ninguna familia y que nos alegran la velada con sus gracias, chascarillos y bromas. Así, estoy pensando en ese cuñado que cuenta chistes con gracejo sevillano (o también, en ese otro que no tiene ni puñetera gracia, pero de tan mal que los cuenta, te mueres de risa). O en ese nieto que ha aprendido el do-re-mi con la flauta y no para de tocarla (la flauta) en toda la noche. O en esa prima que se ha echado noviete y están las abuelas dale que te pego para que suelte prenda. O ese...
En mi casa, la chispa se la lleva una tía de 72 años que se llama Erundina y sabe disfrutar de la fiesta como cualquiera de sus sobrinos veinteañeros. Tengo una foto de ella que podría perjudicar su relación con las monjitas del barrio, así que me limitaré a contarles por escrito cómo vivió la Nochevieja. En la cena, nos ofreció un recital de canciones populares. Por ejemplo: «Ay, madre, que me lo han roto, ay hija no me digas qué, el cantarito del agua, ay, madre, qué se piensa usted». O: «Los chopos de la ribera tienen escrito tu nombre. Lo escribí yo con la punta de mi... navaja». O: «Nos han 'dejao' solos/ a los de Tudela/ por eso cantamos/ de cualquier manera/ nos han 'dejao solos'/ los de Castejón/ arriba la bota/ arriba la bota/ arriba el porrón». Salió luego al balcón a felicitar a gritos el Año Nuevo a los vecinos. Pasó después a los bailes: cha cha cha del tren, vals, hasta Bisbal. Y concluyó, con éxito, haciendo el equilibrista (dedo gordo en la nariz, codo derecho con rodilla izquierda) para demostrar que no iba borracha (pese a su querencia calimochil). Sirvan estas líneas como homenaje a todas las Erundinas de La Rioja. ¿Que vivan!