Si los responsables de estos colegios, o quienes han tomado la decisión, no son capaces de resolver con sentido común y coherencia estas situaciones -casi siempre ficticias e inventadas- que pidan la dimisión, que se vayan y dejen a otros la ocasión de hacerlo bien o, al menos, de hacerlo mejor.
Porque a ti, Papá Noel, te va a correr mal pelo. Si aparece una minoría que se manifiesta en la calle diciendo a grito pelado que no hay derecho a que un anciano haga esos esfuerzos por subir al balcón de un quinto piso, con riesgo de romperse la crisma, con una mochila cargada hasta los topes en los hombros, ten por seguro que te sientan en una silla de ruedas y te envían a un asilo, como está mandado.
Y del reno, ¿qué? ¿Qué me dices del futuro del reno? Si los amigos de los grandes simios, una minoría también vocinglera y dada a manifestaciones callejeras, están poniendo el grito en el cielo para exigir para los chimpancés los mismos derechos que los humanos, ya me dirás lo que le espera al reno, un vertebrado de los grandes, que tiene unos ojos que dan lástima sobre todo cuando lloran con el aire frío que azota. ¿Fuera renos! Los renos, a solicitud de esa minoría, a la reservas, a los bosques de Groenlandia.
Sabe, mi querido Papá Noel, que las minorías, tres millones de españoles o de inmigrantes o de quien sea, por nuestro papanatismo, conseguirán meternos en el corral de las catacumbas nada más y nada menos que a los otros cuarenta y seis millones, a la mayoría. Porque no tenemos lo que hay que tener, y los que frecuentan la calle Laurel o la Mayor saben muy bien a lo que me refiero.
«¿Qué será lo próximo?», me decía una vecina bastante contrita. «La verdad, le contesté, no lo sé pues la capacidad del ser humano de tropezar en la misma piedra no tiene límite».
Lo que sigue ahora no se lo dije a mi vecina, pero yo me temo que puede ser lo próximo. Lo apuntaba yo hace unos días a propósito del alzacuellos que llevo pegado a mi gaznate. Seguro que mi presencia en la calle «herirá la sensibilidad de más de uno», es decir, la presencia del cura molestará a más de uno. Y como la calle, todas las calles, son del dominio público, son públicas, me veré en la necesidad de ponerme el alzacuellos en la intimidad del baño de mi casa; pero no en la vía pública, no vaya a ser que moleste a alguno que se pasa de listo.
Debo decirte, mi querido Papá Noel, que la desfachatez de esos colegios ha molestado hasta al presidente del Gobierno, al señor Zapatero. No hace falta más que tener dos dedos de frente para ver que este tipo de cosas no son de recibo.
En el paseo de las Cien Tiendas de Logroño, a lo largo de los treinta próximos días, nos van a poner la cabeza tarumba con el 'Tamborilero', el 'Noche de Paz', y 'Mira cómo beben los peces en el río'. Y ¿qué quieres que te diga, abuelillo Noel? Me encantan los villancicos, porque me los enseñó mi madre, y a ella mi abuela, y a mi abuela mi bisabuela, y así hasta el siglo XV, o antes.
Y me gustan porque forman parte de mi ser y de mi gente, de mi pueblo. Y los canto a grito pelado en mis pueblos de Clavijo y la Unión y nos lo pasamos fetén. Y no estoy dispuesto a que, por cuatro perdonavidas, me quiten lo que es mío. ¿Está claro?
Y ya para terminar, pues veo que te estás durmiendo, tanto por la matraca que te estoy dando como por lo cansado que has de estar de tanto escalar a los balcones, me dicen mis informadores que en USA, un hipermercado ponía en la fachada todos los años el consabido 'Feliz Navidad' en un luminoso llamativo. Pues bien, mal aconsejado y por temor a herir los consabidos sentimientos de la minoría, lo cambiaron por el vago y genérico 'Felicidades'. Tuvieron un 27% de pérdidas porque los cristianos -con la cabeza en los hombros- apenas se arrimaron a hacer ninguna compra. ¿Qué aprendan algunos! ¿Animo, abuelo Noel, a espabilar tocan!