La Rioja, capital del habano
Como el vino, los habanos pasan por un prolijo proceso hasta merecer la certificación de calidad definitiva
Entre la gente que tiene por ley mimar el tiempo, empieza a ganar enteros un movimiento que algún gurú ha bautizado como slow. Se trata de una corriente que, como la lluvia fina, va calando de forma casi imperceptible pero que, por su propia naturaleza, avanza sosegadamente, sin estridencias, seleccionando con rigor los miembros que quieren ingresar en el club. Su filosofía se sustenta básicamente en eso: recuperar el sabor de la pausa y derrocar la dictadura del estrés.
El slow presenta múltiples manifestaciones. Aquí caben desde quienes hacen de la comida un ritual sosegado de repaso a los sabores, hasta las ciudades que han decidido gobernarse sin coches, ruidos, ni malos humos. El vino y los habanos, el disfrute de dos productos que expresan por sí mismos una concepción diferente de enfrentar la vida, también tienen por méritos propios un lugar privilegiado en los tuétanos de este movimiento.
Uno de los lugares donde se hilvanan las costuras de estos placeres está en Agoncillo, en los almacenes donde Logista custodia los habanos que dentro de poco van a llegar al paladar de los consumidores. Como en los calados donde reposa el Rioja -eso sí, sin el encanto de lo añejo ni las telarañas que teje la historia- las instalaciones de El Sequero contagian ese grado de frescor y humedad que tanto el vino como el tabaco precisan para ser deleitados con todos sus matices. Y también como ocurre con las mejores botellas de buen caldo, aquí los cientos de miles de cigarros que reposan en el laberinto de estanterías tienen nombre y apellidos, identidad y cuerpo propios.
El camino que recorre un habano desde que es parido por las manos expertas de los torcedores en Cuba hasta que llega a La Rioja resulta casi tan minucioso como el propio procedimiento de elaboración. Y también en este escalón, como sucede en origen, la mecanización y tecnología no han conseguido invadir todas los detalles del proceso.
Cuando los cigarros llegan a La Rioja se procede a un reconocimiento por parte de ocho especialistas que se turnan para examinar una batería de parámetros que se extreman aún más si cabe en el caso de series y ediciones limitadas o nuevos lanzamientos. Esos 'grandes reservas' del tabaco cubano destinados a consumidores exquisitos y bolsillos anchos.
Muestreo y parámetros
También al llegar hasta aquí vuelven a sobrevolar comparaciones enológicas. Y es que, así como en el vino se miden una amplia gavilla de detalles para determinar su calidad, la inspección de los habanos repara para el mismo fin en una variedad de parámetros que van desde la uniformidad de cada puro (color, dimensión, altura del anillado) hasta el aspecto exterior o la presencia de moho o laxioderma.
Sólo en el caso de que todos esos niveles se mantengan por debajo de los porcentajes preestablecidos se impone el marchamo de calidad. Las partidas no conformes son sometidas a un segundo muestreo, mientras que los cigarros que denotan cualquier anomalía en las partidas aceptadas son sustituidos por otros sin defectos. Es así como cada caja, cada petaca, cada habano que sale al mercado responde al 100% a la calidad de su origen.
Para el consumidor que no puede asistir a este escrupuloso proceso, el sello azul que enmarca cada uno de los envases es el certificado de garantía. Una etiqueta que avala la pureza de un producto que, como el vino, lo único que exige es el tiempo para exprimir lentamente todo su sabor.