Jesús Campos mató a su mujer de tres disparos en 1997, en La Coruña. Fue condenado a 16 años de prisión. Cumplió su pena en la cárcel de Logroño y disfruta ya del tercer grado penitenciario
Sesenta y una mujeres han muerto en España a manos de sus parejas en lo que llevamos de año. La historia de muchas de ellas habrá sido a buen seguro similar a la de María Fernanda Otero, asesinada por su marido, Jesús Campos, el 25 de enero de 1997 en La Coruña. El agresor fue condenado a 16 años de prisión. Cumplió cinco de ellos en la cárcel de Logroño y ahora ha vuelto a su Galicia natal disfrutando del tercer grado penitenciario. Está rehaciendo su vida. Jesús no tiene reparos en contar su historia; en retratarse sin tapujos como el homicida que es. Lo hace al borde del llanto, con la esperanza de redimir su abominable crimen sirviendo de ejemplo a otros hombres para que aprendan lo que nunca debe llegar a suceder.
Jesús y María Fernanda se casaron en 1975. Tuvieron tres hijos. «Fuimos un matrimonio normal durante mucho tiempo, hasta que yo empecé a beber más de la cuenta». Trabajaba como policía nacional en La Coruña. «Por el estrés o por lo que sea, cosas de la vida, me di a la bebida. Cuando tenía un problema me iba al bar de la esquina y me tomaba 12 'cubalibres' de güisqui con cocacola».
Su matrimonio comenzó a resentirse. No obstante, Jesús no se reconoce como un maltratador habitual. «Era maltratador porque toda persona que bebe está maltratando de una forma u otra a su familia, pero yo nunca llegué a pegar a mi mujer». Pese a las afirmaciones de Jesús consta una denuncia de María Fernanda ante la Justicia gallega en el año 1988, denuncia que después retiró.
La noche que Jesús mató a su mujer había comenzado como muchas otras veces. «Me estaban esperando unos confidentes, empecé a hablar con ellos, me enrollé demasiado y terminamos tomando 'cubalibres'; uno tras otro, no sé cuántos. Cuando me hicieron las pruebas de alcoholemia después del crimen tenía 2,94 miligramos».
Llegó a casa a las cinco de la madrugada, tan borracho que tuvo que levantarse su hija a abrirle la puerta. «Mi mujer estaba en el salón con la televisión puesta, supongo que esperándome, enfadada, preocupada por mí. No sé de qué discutimos, no sé siquiera si discutimos, lo único que recuerdo es a mí mismo girándome hacia ella, con mi pistola. Le pegué tres tiros y, seguido, quise suicidarme. Justo cuando me iba a disparar llegó mi hija. Me tiró del jersey. La bala me entró por aquí y me salió por aquí -Jesús utiliza ambos dedos índices para señalar dos puntos opuestos de su cuello-.
Estuvo 40 días en cuidados intensivos, debatiéndose entre la vida y la muerte. Después pasó a prisión provisional, donde comenzó a tomar conciencia de lo deplorable de sus actos. «En la cárcel lloraba todos los días. Ella era una buena mujer, una buena amante, una buena cocinera, una buena madre... Y era guapísima; con 42 años usaba la ropa de su hija. Y yo le pegué tres tiros».
Durante el juicio se enteró de que sus tres hijos (adolescentes en aquella época) presenciaron la escena completa del crimen. «No quise defenderme; sabía que había hecho una cosa abominable y que tenía que pagar por ello».