El Complejo de La Fombera de Alejandro Zaera enfila su recta final
El aterrizaje de Alejandro Zaera Polo en Logroño está casi consumado. El Complejo de La Fombera estará inaugurado, se espera, en marzo, pero la parte del león del trabajo arquitectónico está ya terminada. Zaera revisó el jueves un edificio que se parece «mucho» a lo originalmente dibujado. «La geometría no ha cambiado. Siempre teníamos esa especie de espina paralela a la alameda, que luego se ensancha para darle volumen al jardín central, y que luego se recoge en el talud de la carretera».
La mayor modificación se ve en la piel del edificio: una parra de cubierta a suelo dará una pátina verde a la apariencia tecnológica del inmueble.
Un edificio suele estar condicionado a partes iguales por el lugar donde se va a construir y por el contenido para el que ha sido construido, el 'programa' de necesidades. En este caso, sin embargo, el programa era originalmente tan difuso -un centro de formación e innovación dirigido al mundo empresarial- que es el entorno el que determina casi todo. «El edificio pretende», explica Zaera, «jugar con que está situado donde se produce el corte entre la plataforma de la ciudad y los viveros de la ribera».
Porque en principio el arquitecto tenía carta blanca: «Cuando empezamos el proyecto podíamos haber hecho cualquier cosa, una torre. Pero la decisión fue dejar el paisaje tal y como está». Y situar, así, la geometría en zig zag del complejo en una esquina del solar.
Sección continua
Tomada esa decisión, quedaba atender al programa. Zaera admite esa indefinición de partida. «Hay tres funciones iniciales, pero en este tipo de edificios públicos nunca se sabe muy bien dónde acabarán los usos». De ese modo, Zaera diseñó el edificio como un contenedor multipropósito: una sección continua y diáfana de nueve metros de ancho. «Éste es un edificio que está determinado por el paisaje, y por esa sección que es continua, única, que está bien dimensionada y que te permite dividirla en aulas, en despachos o en zonas administrativas».
Eso se consigue con algún que otro artificio técnico. «Es un edificio en el que hay muchos 'inventos' muy sofisticados que después desaparecen. Y a mi eso también me gusta, me gustan los edificios que no pretenden que todo se vea, sino que son edificios 'a lo James Bond': nadie sabe cómo pasan las cosas, pero pasan».