Asumámoslo de una vez por todas. Si no se ve cine español, es sencillamente porque no nos interesa ni a nosotros. Porque nos pasa como con la Selección de fútbol, que nos creemos mejores de lo que somos. Y pensamos que los demás sólo hacen porquería.
Pues no, señor. Deberíamos echar un vistazo a los filmes que más vemos. A excepción de algunas honrosas maravillas -premiadas, ¿vaya casualidad!, en Estados Unidos- los primeros puestos los copan producciones extranjeras por la simple razón de que son más entretenidas, más dramáticas, más arriesgadas, más independientes o llanamente mejores. Porque aquí el cine no sólo es un entretenimiento -bastante caro por cierto-, sino que por bemoles tiene que ser siempre arte.
Y así nos va. Porque muchas veces -hagan examen cinéfilo de conciencia- no nos apetece llorar a moco tendido con las desgracias de un niño marginado de los suburbios madrileños o revivir por enésima vez la última perspectiva sobre la reiteradísima Guerra Civil. Quizás prefiramos vivir una aventura que en nada se parece a las obligaciones del día a día o que nada tiene que ver con los malabarismos de muchos para llegar a fin de mes.
Por eso, me indigna que el cine español se queje de la deslealtad norteamericana y me toca las narices que pidan -y se la vayan a dar- una ley para que no estén desprotegidos ante el talento de otros. Porque visto así, más derecho tienen de protección las fábricas de calzado de Arnedo, por ejemplo, ante la injusta competencia china. Y muchos otros. Lo malo es que éstos no hacen pegatinas.