Poco a poco, y asustado por la conducta de Obélix, fui llevando un registro de sus cambios de carácter. El animal vivía las mañanas sabatinas con su placidez habitual: sentado en su colchoneta, apenas levantaba una ceja cuando lo llamabas. Hasta que sonaban las fanfarrias de Corazón corazón. Entonces se levantaba, daba un respingo, erizaba los pelos y se ponía a jadear. Sólo algunos nombres producían en Obélix un efecto tranquilizador, casi sedante. Cada vez más intrigado, los fui anotando: Lagerfeld, Galliano, Valentino, Versace...
Recorrí mil veterinarios en busca de una explicación. Me cobraron un pastón y le hicieron muchas pruebas, pero ninguno encontró nada anormal en mi perro. Hasta que un día, viendo con él Corazón corazón, lo comprendí: bajo aquellos ropajes mínimos y evanescentes, Obélix se relamía pensando en las modelos: tan anoréxicas, tan cadavéricas, tan esqueléticas. Aquellas clavículas puntiagudas, aquellos fémures a la vista, aquellos pómulos saltones eran para él la promesa de un suculento paraíso óseo: ¿Huesos; sólo hermosos y puros huesos!
Entonces supe, aliviado, que mi perro Obélix no estaba enfermo. Lo estaban, en cambio, las modelos. Y Karl Lagerfeld y Valentino y John Galliano... Tipos a los que quizá les guste algo la ropa; pero, desde luego, no las mujeres.