Lunes, 13 de noviembre de 2006
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REGIÓN

LOCO POR INCORDIAR
Dog Chau
Mi perro, Obélix, no se pierde un desfile de Karl Lagerfeld. Al principio, no reparé en la relación: enchufaba la tele, ponía Corazón corazón y el chucho estiraba el rabo como si hubiera avistado una perdiz. Mientras yo me tomaba un vermú y pasaba las hojas de una revista con desgana, el animal no perdía ni ripio de lo que daban por la televisión. Ponía los ojos como platos, se agitaba entre aullidos y comenzaba a babear. De su extraño comportamiento sólo empecé a darme cuenta algunos sábados más tarde, al comprobar con asco cómo me estaba poniendo los sillones perdidos de saliva.
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Poco a poco, y asustado por la conducta de Obélix, fui llevando un registro de sus cambios de carácter. El animal vivía las mañanas sabatinas con su placidez habitual: sentado en su colchoneta, apenas levantaba una ceja cuando lo llamabas. Hasta que sonaban las fanfarrias de Corazón corazón. Entonces se levantaba, daba un respingo, erizaba los pelos y se ponía a jadear. Sólo algunos nombres producían en Obélix un efecto tranquilizador, casi sedante. Cada vez más intrigado, los fui anotando: Lagerfeld, Galliano, Valentino, Versace...

Recorrí mil veterinarios en busca de una explicación. Me cobraron un pastón y le hicieron muchas pruebas, pero ninguno encontró nada anormal en mi perro. Hasta que un día, viendo con él Corazón corazón, lo comprendí: bajo aquellos ropajes mínimos y evanescentes, Obélix se relamía pensando en las modelos: tan anoréxicas, tan cadavéricas, tan esqueléticas. Aquellas clavículas puntiagudas, aquellos fémures a la vista, aquellos pómulos saltones eran para él la promesa de un suculento paraíso óseo: ¿Huesos; sólo hermosos y puros huesos!

Entonces supe, aliviado, que mi perro Obélix no estaba enfermo. Lo estaban, en cambio, las modelos. Y Karl Lagerfeld y Valentino y John Galliano... Tipos a los que quizá les guste algo la ropa; pero, desde luego, no las mujeres.

 
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