A pesar de las incomodidades que suponía el acceso, eran muchos los que acudían por las mañanas de los domingos a misa, buscando, acaso, el recogimiento que no encontraban en ostentosas solemnidades. También, en ocasiones, ha venido siendo escenario de distintas celebraciones, especialmente matrimonios, de personas que preferían la intimidad al boato. Pero cuando recobraba la ermita el gran protagonismo, eclipsando a otros lugares más suntuosos, era en los viernes de Cuaresma, fechas muy señaladas en el calendario litúrgico y que los logroñeses y logroñesas las tenían muy señaladas para postrarse a los pies del Cristo que se mantenía en el rústico altar y que esperamos que con las obras que se anuncian reciba un mayor realce, de acuerdo con el entorno.
Este tradicional movimiento producía en la entonces llamada carretera del Cristo -ahora calle General Urrutia- un intenso tránsito de personas, que se asemejaba a una excursión dominguera o las romerías que se produce en los pueblos cuando sus vecinos van a sus ermitas. Como, por otra parte, la circulación rodada era muy escasa, se aprovechaba la carretera para circular descuidadamente, a veces con las chavalas saltando a la soga ocupando la calzada de uno a otro lado. Acaso tenían que parar si se dirigía a Logroño algún hortelano procedente de las huertas que entonces se cultivaban a uno y otro lado de la carretera o de la extensa zona llamada La Isla que era una gran despensa de frutas y hortalizas para la capital.
Durante muchos años hubo que soportar el pestilente hedor de un tramo del itinerario en la zona llamada Samalar, procedente del río del mismo nombre, que con el tiempo se convirtió en una cloaca apestosa que vertía sus inmundicias en el Ebro. Unas vaquerías próximas acentuaban el malestar.
Como, generalmente, las horas de culto eran por la tarde, se llevaba la merienda, especialmente naranjas para mitigar el calor. Era entonces costumbre entre los chavales ablandar las naranjas haciéndolas rodar, aplastándolas ligeramente con el pie contra el suelo, para conseguir más cantidad de jugo. Luego se les hacía un agujero por donde se succionaba, una técnica que todos conservábamos de nuestra época de lactantes.
Chucherías y refrescos
En la placita que existía ante la ermita y en las inmediaciones solían situarse vendedores ambulantes de chucherías y refrescos. También solían vender limonada que llevaban en un recipiente refrigerado con hielo triturado. La servían en un vaso de vidrio, que se devolvía después de ingerido el contenido. El vendedor enjuagaba el vaso en un balde de agua y seguidamente lo utilizaba para otra persona. La zona se poblaba de la chavalería esparcida por las laderas del monte aledaño, que protagonizaba ascensiones aventuradas para simular batallas entre apaches y rostros pálidos, en el caso de los chavales, mientras las chavalas, más pacíficas entonces, saltaban a la soga.
Hoy, la ermita, que está bajo la tutela de la parroquia cercana creada bajo al advocación del beato Ezequiel Moreno ha quedado integrada en una extensa zona urbanizada llamada El Cubo, perdiendo el sabor que se recuerda como de un templo enclavado en una zona rural, a la que se llegaba desde la ciudad con algún esfuerzo. La caminata parecía iniciarse propiamente desde el grupo de casas existentes frente al cuartel de Infantería, contiguo a la finca que era parque y después piscinas de la Sección Femenina, frente a Villa Margarita, sede de Radio Rioja y de los Cafés Greiba. Unos edificios que han ido desapareciendo; otros, como la ermita, han merecido una segunda oportunidad.