«¿La próxima cojo el tren!»
Las nuevas normas de seguridad apenas alteraron ayer la normalidad en Agoncillo, aunque la confusión fue general entre los pasajeros y alguno embarcó con un evidente enfado
La entrada en vigor de las nuevas medidas de seguridad acordadas por los 25 causaron ayer colas en los puestos de control de la mayor parte de los aeropuertos europeos. Las autoridades comunitarias son conscientes de las protestas de los usuarios, pero en su descargo explican que estas medidas nacieron tras abortar un complot terrorista en el Reino Unido, el pasado mes de agosto, que pretendía fabricar explosivos líquidos a bordo de los aviones.
Proteger al pasajero. Ése es el objetivo del nuevo reglamento de la Unión Europea que, por si fuera poco, también establece otra medida complementaria a las que ayer entraron en vigor relativa al tamaño de las maletas o bolsas de viaje de mano.
Esta directriz, que será de obligado cumplimiento a partir del próximo 6 de mayo, limitará las dimensiones del equipaje que los pasajeros lleven consigo y no facturen. Así, las bolsas o maletas de mano no podrán exceder los 56cm x 45cm x 25cm. En las dimensiones se incluirán asas, correas, bolsillos, ruedas y cualquier otro elemento que sobresalga, junto con el contenido del bulto. El aeropuerto de Logroño-Agoncillo operó ayer con normalidad durante la jornada en la que entró en vigor la nueva normativa de seguridad, que restringe el equipaje de mano. Las azafatas que atendían los mostradores de facturación ofrecían a los pasajeros información sobre los productos afectados y les entregaban una bolsa trasparente para depositarlos. Todo lo que superase la dimensiones autorizadas se facturaba.
En general, los usuarios aceptaron con resignación las normas. «Si con esto se consigue más seguridad...», admitía Alfonso a punto de tomar el vuelo de la tarde a Madrid para enlazar con Vigo. Carlos y Daniel regresaban a Barajas tras una jornada de trabajo en Logroño: «Aquí está todo tranquilo, pero esta mañana en la T-4 hemos tardado el doble en pasar el control. Veinte minutos».
Como ellos, Vanessa también volvía a Madrid. Pero su vuelo de regreso fue una desventura. También había venido a trabajar, así que todo su equipaje consistía en su bolso, unas carpetas, una muestra de licor (es representante) y dos perfumes que había comprado por la mañana en una de las tiendas de Barajas situadas tras el control de seguridad. «Perdone, pero esto no lo puede pasar», la frenó el guardia civil. «¿Cómo que no? Nadie me ha dicho nada», contestó incrédula. Dos alternativas: o dejarlos o facturar el bolso, pero como no estaba herméticamente cerrado la compañía no se responsabiliza. La muchacha zanjó sin titubeos: «Vale, ¿dónde puedo poner una reclamación?».
Y mientras, Carmen, junto a Lola, que tras meter el líquido de las lentillas y la barra de labios en una bolsa -«De risa, ¿no?»-, todavía fue reclamada porque en su maleta aparecía un «objeto sospechoso: ¿La tenacilla del pelo!» Al final, las dos tampoco mostraron dudas: «La próxima vez cogemos el tren».