Jueves, 2 de noviembre de 2006
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REGIÓN

COMO EL JUEVES
Bestias en el colegio
Estoy por llamar a la psicóloga de la Consejería de Educación. Y no para que atienda a ningún escolar víctima de acoso. Aunque los hay a docenas, por fortuna, no me queda ninguno cerca. Que yo sepa. Lo mío es personal e intransferible.
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Si apenas hace un mes que empezó de verdad el curso escolar, he sido testigo, pasivo, lejano y sin quererlo, de tres situaciones que me han dejado atribulado. Las dos primeras las viví sin moverme de mi balcón, que se asoma descarado a la fachada de uno de los colegios clásicos de la ciudad. Un centro de buena fama y mejor educación; de esos cuyos alumnos ocupan ahora cargos notables y son el orgullo de los que fueron sus primeros educadores. Desde ese mirador de preferencia, les cuento, apenas sobrepasado el mediodía, fui testigo de un espectáculo terrible y multiplicado por dos: justo tras salir de clase, junto a la tapia colegial, se concentraban decenas de estudiantes, mochila en ristre, atentos al espectáculo que allí se celebraba. Incrédulo, atónito, asistí a un duelo de colegiales que, enseguida, se convirtió en un cuasi linchamiento cuando uno de los bandos se multiplicó por tres.

La cosa acabó un día en carrera desesperada del linchado y, el otro, con la providencial intervención de un atrevido peatón.

Ayer fue el tercero, pero lo vi más de cerca cuando trataba de escapar del atasco que se produce cada día al final de la jornada escolar. Apenas a cincuenta metros, un mocete cargaba contra otro, de contextura física notablemente inferior, rodeado de un par de cientos de acémilas que jaleaban sus arremetidas y celebraban sus golpes como si fueran goles en un campo de fútbol.

Llamé a la Policía, claro, arriesgándome a ser multado por utilizar el móvil desde mi auto, que para eso sin anda lista la pestañí. Luego pensé en todo lo que se habla y escribe del acoso escolar. Y me dije que, a lo peor, estas bestias, y sus padres, no saben siquiera leer.

 
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