Sábado, 28 de octubre de 2006
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OPINIÓN

TRIBUNA
Ecce homo
Cuando allá por 1985 entablé relación con Demetrio Navaridas, el artista riojano impresionaba de tipo duro que administraba bien emociones y amistades, de pintor seguro de sí mismo a quien el paso por la Escuela de Bellas Artes de San Fernando le permitía juicios de autoridad y una manifiesta displicencia con la legión de ensoberbecidos advenedizos que transitaba por los predios de la plástica local. Si entonces le hubiéramos tomado como paradigma o patrón de medida de lo que es un artista, muy pocos de los que iban u oficiaban de tales en La Rioja hubieran entrado en cupo. Ello, unido a su larga y negra cabellera, a su luenga y negrísima barba y a su indumentaria a tono, hacía que quienes no habían tenido la suerte de frecuentar su trato le reputasen de feroce Lo que desmentía -cherchez la femme- la delicadeza de la compañera de siempre, su inseparable Enma.

Si traemos hoy aquí este añejo bosquejo de Demetrio Navaridas es porque, recientemente, ha tenido el reconocimiento que quienes le admiramos veníamos esperando hace tiempo, que le sitúa en la crema de los artistas españoles de la hora actual: la invitación a participar en Naturalmente artificial. El Arte Español y la Naturaleza, en el Museo de Arte Contemporáneo Esteban Vicente. Reconocimiento que debe hacernos reparar -en particular a los políticos, que manejan los monises del común para estas cosas- en quiénes de nuestros artistas están llevando más lejos y más alto la bandera de la plástica riojana y la ayuda institucional que por ello merecen.

A mayor abundamiento, conviene recordar que éste no ha sido el único éxito que Navaridas ha cosechado en el año 2006. Y digo cosechado con todo rigor, porque también le han otorgado el Mazacote de oro del Memorial Emilio García Moreda, en reconocimiento a muchos años de siembra e ilusionada brega, tanto en labores docentes como creativas. Ahí están los más de 75 alumnos de Bellas Artes, el buen número de los de Arquitectura y el incontable de aficionados salidos del emblemático taller-estudio de Calvo Sotelo, así como las exposiciones individuales y colectivas a lo largo de su carrera; todo ello oportuna y merecidamente sustanciado en la antológica del Centro Cultural La Merced y en el libro Temple.

Y uno se enternece con esas cosas, porque bien puede decir que Deme fue compañero de remo en aquel fantasmal barco transmanierista que naufragó la misma noche de su botadura en Santander (corría enero de 1987 y entonces creíamos en los Reyes Magos), entre discursos, proyectos en italiano macarrónico, copas y aguacero; no por culpa de los esforzados y soñadores marineros, sino por el desnortado timonel. Pero de aquel desastre algunos logramos salvar lo que más importaba: una amistad que nos hace celebrar los éxitos de los otros, que no declina por las intermisiones, y que, cuando le dedicamos un momento, retoma y acrecienta su temperatura cordial.

Pero en los últimos encuentros me ha sorprendiendo cómo al amigo se le ha alargado la frente y puesto la barba cana; aunque no mermado -genio y figura- la vehemencia de sus juicios, ni el inclemente sesgo de los mismos cuando se le mienta a ese grupito de ineptos alzafuelles, ladillas de despacho, que desde hace años tanto figuran en la plástica local. Aunque la más emocionante sorpresa del maestro de Cárdenas nos la llevamos durante sus palabras gratulatorias por la entrega del Mazacote. Cuando todos esperábamos disfrutar de su celebrada facundia, del coloreado anecdotario que guarda, de sus fustigaciones de siempre, de los chisporroteos de su inteligencia, al otrora feroce -que había pasado la infancia entre un molino y una taberna, en los que aprendió dónde había pelo que tocar y otras lecciones de hombría que no se enseñan en la Universidad- se le agolparon los recuerdos de Emilio, el amigo muerto..., y rompió a llorar. Del artista, que es un trasunto de la persona, ya lo sabíamos casi todo. He aquí el hombre.

 
Vocento

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