'Morgabín' le bautizaron los niños que pegan sus naricillas en el escaparate para descubrir qué disfraz luce en cada época del año, a imagen del MannekenPis bruselense. Lo mismo se anuda al cuello -perdón, a las cervicales mondas y lirondas- el pañuelo pamplonica, que enseña tibia y peroné tras una falda serrana, que disfruta del slalon con gafas, bastones y esquís, que toca su cráneo con un distinguido bombín, que se enfunda la elástica del Logroñés sin importarle si el esponsor viene de Guinea Ecuatorial o de buxcador.com.
'Morgabín', diminutivo del nombre del comercio ortopédico que lo viste, calza y alimenta, es, desde hace lustros, toda una institución de la zona peatonal logroñesa, incluso antes de que el asfalto xerigrafiado de neumático fuera sustituido -y en qué hora- por un adoquín para andariegos.
Su famélica figura me retrotrae a tiempos pasados en los que mi abuelo Simón me contaba historias de ánimas y difuntos -y no de insulsas calabazas de plástico que más provocan risa que pavor- con los que disfrutaba por el día pero temblaba por la noche. Si en los lúgubres años cuarenta ya se hubiese inventado el vídeoclip, sin duda sería 'Morgabín' protagonista de aquella canción titulada Rascayú, y que la censura del antiguo régimen prohibió en radios y verbenas por blasfema y poco piadosa. «Rascayú cuando mueras, ¿qué harás tú? Tú serás un cadáver nada más».