ESTOS nacionalistas son un poco plañideras. Van por la vida de víctimas universales (los vascos sí que sufrimos y no los negritos del África) y sacan esos lagrimones de pueblos perseguidos e incomprendidos. Por lo general, sus jeremiadas me aburren: siempre andan con su yo-yo-yo, como eternos adolescentes. Pero a veces resultan hasta divertidos: por ejemplo, cuando montan esos partidos internacionales entre Euskadi y Cataluña, como el de la semana pasada. Es un poco triste que Iríbar tenga que recurrir a muchos navarros e incluso a algún riojano para completar la convocatoria euskaldun, pero qué se le va a hacer: hoy por hoy, el fútbol vasco/vasco -según la biología sabiniana- no da para más.
Pero me llama la atención que ninguno de los 50.000 espectadores que el otro día fueron al Camp Nou haya caído en la cuenta de una cosa fundamental: piden la oficialidad de las selecciones catalana y vasca, pero no reparan en las obligaciones que ello comporta. Y no se trata de que sean estado, tengan himno o besen su escudito: ocurre, simplemente, que para ser como Gales o Escocia, modelos al parecer deseables, tienen que tener una liga propia. O sea: que, a cambio de ver cómo Cataluña o Euskadi fracasan en un Mundial (al final y al cabo son españoles), tendrían que crear sus campeonatos nacionales. Adiós a los Barça-Madrid o a los Athletic-Valencia.
En el Bilbao no se quién manda ahora y bastante tienen con lo suyo. Pero al señor Joan Laporta, que es un catalanista melifluo y bienpeinao, quisiera preguntarle: ¿Podría el Barcelona sobrevivir una temporada enfrentándose al Granollers, al Reus o al Sant Andreu?
No lo creo: con el Camp Nou medio vacío, las grandes figuras huirían a mejores ligas, como la española (glups). Y se quedarían Oleguer y un par de patriotas más, poco cotizados. ¿Eso quieren? Pues nada: adelante. Visca Catalunya, Gora Euskadi y a hacer puñetas todos. A ver si nos dejan tranquilos de una vez. pgarcia@diariolarioja.com