Lunes, 16 de octubre de 2006
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REGIÓN

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Equilibrios no sólo sobre el trapecio
Veinte años de historia del Circo Holiday, que, a pesar de llorar la muerte de Abraham, perteneciente a la sexta generación de la familia, continúa adelante con las funciones
Su nombre, Holiday, se lo deben al jefe de la imprenta con la que trabajaban; pero, a pesar de su significado (vacaciones, en inglés), el circo no ha sido una vida de descanso para los Sacristán. Más bien, al contrario: trabajo y más de un equilibrio, y no sólo sobre el trapecio.
El primer revés, tras su creación como tal hace ahora 20 años, fue en 1987 en Plencia. «Estábamos instalados en la playa, y una fuerte tormenta de aire, que destrozó incluso algunas casas, se llevó nuestra carpa», recuerda Ramón, la sexta generación de la familia.

De Bilbao a Alcanadre

Por aquella época, vivían en el centro de Bilbao, con lo que, a los impuestos, había que sumar el dinero de un parking privado. No era rentable dejar allí los vehículos y eso les trajo tres años después, en 1989, a Alcanadre. «Mis padres -cuenta el ahora gerente de la empresa- compraron una casa en el pueblo con derecho a terreno, pero luego resultó no ser así. Entonces, hablaron con los propietarios de algunas fincas, que no les pusieron demasiadas pegas».

El origen de la saga lo encontramos, sin embargo, en los tatarabuelos de su abuela María, que debutó a los nueve años bailando con su hermano un pericón argentino. Originaria de Ribafrecha, esta mujer y su familia, titiriteros y saltimbanquis, viajaban con sus baúles y teloncillos, para actuar en plazas, salas de cine o teatros.

«Si levantasen la cabeza, no darían crédito. El Circo Holiday, hoy con más de 60 artistas y 70 animales, sería su máximo orgullo», aventura Ramón, para quien los inicios de sus antepasados no tienen nada que ver con la actualidad. «No dejamos nunca de buscar el más difícil todavía. Quizá el único espectáculo que perviva, por ser sinceros, es el de los payasos. Son las auténticas estrellas de éste y del resto de circos».

Siempre con la casa a cuestas, los carromatos dejaron paso a las caravanas y a una nueva generación, la quinta, que tuvo que comenzar de cero. Ya jubilados, Ramón padre -en ese momento, el jefe de pista- y Trini -que además de estar en la taquilla, hacía un número propio de equilibrismo- iban de aquí para allá por todo el norte y centro de España con sus siete hijos. «No faltaban los chillidos y las trastadas; pero era un verdadero orgullo mantenernos unidos, igual que lo es ahora. La gamberrada que más recuerdo es una protagonizada por mi hermano Justo, que casi quema la caravana en la que vivíamos», sonríe discretamente Ramón, y eso que de crío él era el faquir.

Cada cual tenía su número, incluso el más pequeño: Abraham, que con 25 años seguía siendo «un tirillas». «Lo suyo era el 'rulo', una destreza compartida con mi hermano Alfredo, que le sujetaba y hacía multitud de ejercicios con una tabla y un tubo».

A uno, un tumor cerebral, y a otro, la carretera (el pasado día 2), les sacó de pista con apenas dos años de diferencia. Sin embargo, seguro que estén donde estén siguen haciendo equilibrios juntos.

 
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