La perla en cuestión, de calibre equisequisele, es propiedad del concejal del Movilidad del Ayuntamiento logroñés, Alberto Guillén, quien no tuvo reparo en disparar hacia el Ministerio de Fomento como diana maligna responsable de los males que aquejaban -también- al tráfico logroñés en los estertores septembrinos. O séase, el Gobierno central y socialista caviló, calculó y elucubró hasta resolver que las calles de la capital de La Rioja serían un caos si mandaba a ésta que lo es una cuadrilla y un par de máquinas para reasfaltar la Circunvalación.
Dicho y hecho. La munición bituminosa de la ministra se mostró entonces efectiva, certera. Objetivo cumplido. En Logroño se hizo el caos.
Desconozco, y además lo ignoro, dónde coño trabajaban ayer las alquitranadoras de Fomento. Estuve por llamar a Guillén y preguntarle. Pero no era cuestión, que el hombre andaba en ese Debaste del Estado de la Ciudad en el que los unos, los que mandan, se tiran el moco por lo bien que lo han hecho y los otros, la oposición, se empeña en lo contrario mientras la ciudadanía sigue chitón y de miranda.
Me planteé lo de Guillén porque ayer, el caos se hizo hombre en las calles de Logroño. Y servidor, que sufre en coche, no sabía si acordarse de las obras de los aparcamientos subterráneos y del edil que las parió o si de la malvada ministra de Fomento, que lo mismo, en su ingente malignidad, había ordenado pavimentar los accesos a Medinacelli, que no está tan lejos.
El caos duró media mañana y toda la tarde. Logroño fue un embotellamiento en sí mismo. Y no de crianza del 2004.