Sin ir más lejos, uno de los temas más intensos de la semana ha sido la imagen del Príncipe de Asturias echando gasolina en su propio vehículo acompañado de su esposa y de su hija. Ni más ni menos que media hora estuvieron debatiendo si era apropiado que alguien de la realeza condujese su propio turismo hasta el surtidor más próximo para llenar su propio depósito -eso sí, no especificaron qué tipo de carburante utilizaba el coche real-.
Apenas podía creer la imagen de los tertulianos dando vueltas y vueltas a un asunto, a mi profano modo de ver, de tan poca trascendencia. Yo, sin ir más lejos, con el chivato rojo encendido, cogí ayer con mis propias manos la manguera de 'eurosúper 95' y llené el sediento tanque de mi cochecito. He estado atenta a todas las cadenas, he 'zappeado' hasta cargarme el mando a distancia y, para mi decepción, no han dicho una palabra de mi hazaña. Sin perder la esperanza he comprado todas las revistas y todos los periódicos -esos que incluyen siempre en sus páginas una nota de color rosa- y nada de nada, ni me han mencionado.
Continúo viendo la tele y me enfrasco en un nuevo litigio. Al parecer, Luis Alfonso de Borbón, casado con María Margarita Vargas Santaella -o debería decir De Vargas y Santaella-, no habla con su madre, Carmen Martínez Bordiú. La contienda: el hecho que provocó el distanciamiento materno-filial. Que si algo que ocurrió en la boda del niño huele a chamusquina, que si nunca soportó el acercamiento de su madre al papel cuché... El caso es que no cesan de hablar de ellos. ¿Mira que nos aburrimos! que hacemos de la vida de los demás el centro de las nuestras.