Resulta que Alonso no cae bien, en general. Desde que entró en la Fórmula 1, la opinión pública lo percibe como un tipo 'crecidito' que no ha sabido asimilar la fama. Alonso, es cierto, no tiene don de gentes y puede parecer seco en sus respuestas, pero yo nunca le he visto ser maleducado con nadie (salvo con la prensa del corazón, y créanme, le entiendo; asaltaron su casa para conseguir una foto). En él, por desgracia, se confunde determinación con chulería. Si Raikkonen tuviera el férreo carácter de Alonso, diríamos del finlandés que es un ganador nato. Al nuestro, en cambio, lo crucificamos por demostrar que quiere vencer siempre. No podemos ser más mezquinos con él. Si en Inglaterra o en Francia tuvieran un campeón así, ya sería el ídolo nacional.
Cuando Fernando ganó el título, dijo que se lo dedicaba sólo a los que le apoyaron antes. Los críticos se abalanzaron sobre él: «Desagradecido». Pues a mí, en cambio, me pareció perfecto. Qué querían, que se acordase de los que le dieron con la puerta en las narices y que luego se lo rifaban para las fotos. El asturiano forma parte del grupo de pioneros que se hace un hueco en el mundo a base de talento y actitud, algo que siempre enerva a los envidiosos.
Pero lo que más me sublima es el apoyo que recibe en España el gran rival del asturiano. «Yo quiero que gane Schumacher», se oye sin rubor. Vaya ejemplo de nada, Schumacher, que fue descalificado en el Mundial de 1997 por tramposo; que en Montecarlo, se cruzó en la pista para impedir la vuelta rápida de Alonso; que manipula su coche mientras los jueces hacen la vista gorda. En fin, que yo me quedo con el 'seco'.