Algún salvaje, en tan fatídica fecha, dijo -yo lo oí-: «Que les den a esos americanos para que espabilen; nosotros llevamos cuarenta años de terrorismo y no se nos hace ni puñetero caso». Vaya que, como siempre, Estados Unidos estornudó y el resto del mundo nos acatarramos. Es triste que tres mil personas tuvieran que morir en Nueva York para que el mundo se concienciara de que el mayor peligro del siglo y del milenio no son las armas nucleares, ni siquiera los salvajes dictadores lejanos, sino un loco bien cuerdo -o varios- con ideas siniestras, dinero y una buena logística. Y si no, díganoslo a nosotros, o a los argelinos, a los irlandeses, o a tantas naciones enmudecidas durante décadas por los tiros.
Pero quizás el 11-S y sus reverberaciones posteriores (Madrid, Bali, Londres...) hayan tenido un solo beneficio para la humanidad: conocer el miedo. Lo más triste es que ni con ésas espabilamos. Unos, como Bush, la siguen emprendiendo a tiros con el chivo expiatorio al que más petróleo le pueden robar. Otros, como Zapatero, intentan -mediante talante y pañuelos- solucionar en tres días problemas que llevan siglos latentes... Quizás así, con nuestra división -la de todos, las víctimas al fin y al cabo- ya estemos entregando en bandeja de plata la victoria a los terroristas.